Ofrecemos una meditación de Patricio Hacin, párroco de San Rafael, en Asunción (Paraguay), con ocasión de los 75 años del padre Aldo Trento.

En la escena de la multiplicación de los panes y los peces, san Marcos destaca que el encuentro con Jesús no excluye las responsabilidades a los hombres y mujeres que comienzan a vivir una amistad con Él. Cuando los primeros amigos de Jesús se encuentran impotentes ante los desafíos de dar de comer a más de cinco mil personas, Dios nos educa a entender cómo vive Él mismo y cómo actúa con nosotros. Precisamente mediante esta educación nos dona de nuevo la verdadera libertad.

Los apóstoles quieren deshacerse del problema: «Despídelos» (Mc 6,35). Ellos también esperan que sea otro quien resuelva el problema de los pobres: Dios, el Estado, alguna institución, una ONG. El otro es un problema del que «alguno» tiene que hacerse cargo. Jesús usa el imperativo, casi como un mandamiento, para responder a esta falta de humanidad de sus discípulos: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6,37). Jesús obliga a los que están con Él a hacerse cargo del otro. Quien se encuentra con Dios está obligado a decir «yo» ante Él y por tanto también ante los hombres. De hecho, Cristo sabe que la dificultad del hombre es justamente su falta de protagonismo con la vida. El hombre siempre espera que alguien −alguien siempre en abstracto− decida y actúe en su lugar. Por eso, Jesús ha venido a volver a darnos una libertad que habíamos perdido, porque la libertad es el coraje de decir «yo» ante los problemas y dificultades que el día a día nos presenta, precisamente para que nadie decida por uno mismo. Cuando Jesús observa que sus discípulos despiertan y empiezan a razonar, es decir, a responsabilizarse los unos de los otros, nace un «nosotros» potentísimo. Es el «nosotros» de la Iglesia, formado por muchos individuos protagonistas de la vida y no simples espectadores de la existencia.

El milagro sucede ahí donde el hombre reconoce su inadecuación e impotencia ante las circunstancias más duras de la vida. En efecto¸ es así como nace la expresión más viva de la dependencia, que se llama oración. El primer paso del hombre vivo es dejarse tocar por la realidad, el segundo es decir yo, el tercero es descubrir la propia impotencia y por tanto preguntar. La oración se convierte de este modo en el rasgo más realista del hombre frente a su destino. La pregunta es el preámbulo de la caridad. El resultado de esta ecuación será siempre el amor, es decir, el interés gratuito por el otro solo porque existe: un don conmovido de sí hacia el otro, como decía don Giussani.

Tenemos que alegrarnos verdaderamente y estar agradecidos porque en el presente podeamos ser testigos de esta misma pedagogía. Dios sigue educándonos en la libertad y en el protagonismo de la vida. Concretamente, para no desligarnos de la realidad, nos ha dado la vida de la Fundación San Rafael. La Fundación nos ayuda a decir «yo» ante el problema del hambre, de la salud, de la vejez, de la educación, del problema de tantas personas que necesitan la ayuda concreta de alguien. Toda obra de Dios nos obliga a reconocer concretamente no solo el rostro de los pobres, sino también el sujeto y la forma con la que Dios ha querido entrar en la historia para educarnos. Padre Aldo nos enseña que Dios necesita a los hombres para realizar Su Presencia entre nosotros. Todo lo que ha nacido en torno a él nos ha hecho también a nosotros protagonistas de esta obra.

Renunciar a la obra de Dios no es abandonar a los pobres, curiosamente ni siquiera es abandonar a Dios. Renunciar a la obra de Dios es abandonar nuestra propia libertad, renunciar a la posibilidad de estar en el mundo como hombres de verdad, conscientes del hecho de que lo que está en juego es lo único que conmueve al mundo, sobre todo al mundo de hoy, tan necesitado de testimonios de Su presencia.

Agradecidos por el «sí» del padre Aldo, damos las gracias por el don de su vida, que es el testimonio más concreto que tenemos del hecho de que es posible vivir así, del hecho de que Dios ha repetido ante nosotros el mismo milagro del Evangelio: ha dado de comer a más de cinco mil hombres ante nuestros ojos. En su misericordia, Dios no nos ha dado una ONG, sino una presencia, signo de su misma presencia entre nosotros, los pobres de verdad.

 

Imagen: J. Tissot, La multiplicación de los panes y los peces, 1896.

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