Santa Francesca Cabrini, fundadora de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, nació en 1850 en Sant’Angelo Lodigiano, al sur de Milán. Tierras de regadío y naves industriales anuncian una cultura agrícola y una industrialización incipiente, en una época de grandes transformaciones culturales en la que la Iglesia está presente a través de sus obras sociales y educativas. Francesca Cabrini encarna perfectamente el espíritu lombardo: práctico, creativo, directo, atento a lo esencial. Era una mujer sin artificios, con un fuego interior que la consumía. Sin un fuego que arde, no habría sido posible hacer lo que ella hizo: realizar viajes misioneros intercontinentales en barco o a lomos de una mula, y poner en marcha obras caritativas y educativas cuya inspiración había conocido en su tierra. De esta mujer siempre me ha impresionado la certeza que sostuvo toda su vida y le permitió afrontar grandes dificultades: la clara conciencia de haber sido llamada por Dios a realizar una gran obra.
Su sueño inicial era partir como misionera al Extremo Oriente, hasta el punto de añadir a su nombre el de Javier, en honor de san Francisco Javier, gran santo y misionero jesuita. Pero la voluntad del Santo Padre era otra. El papa León XIII pensó en los inmensos flujos de población polaca, irlandesa e italiana que emigraban a Estados Unidos y a América Latina y le pidió, por ello, que cruzara el océano. Cabrini acogió plenamente esta invitación y comprometió a su congregación en un proyecto misionero de amplio alcance: no se ocuparon únicamente de los emigrantes, sino que, partiendo de ellos, quisieron evangelizar todo el continente.
El motor de toda su acción era el amor de Cristo.
Evangelizar a los emigrantes significaba hacer crecer en ellos la fe cristiana para que ellos mismos se convirtieran en evangelizadores de América. Aunque regresó con frecuencia a Italia, Francisca se consideró plenamente americana y, apenas dos meses después de llegar a Estados Unidos, solicitó la ciudadanía estadounidense y pidió que todas sus religiosas hicieran lo mismo. De hecho, fue la primera ciudadana estadounidense canonizada por la Iglesia.
Muchos, tanto dentro como fuera de la Iglesia, consideraban que estaba loca; en realidad, era una mujer sabia e incansable. Ningún objetivo le parecía suficiente. Es célebre su frase: The world is too small. «El mundo entero es demasiado pequeño para satisfacer mis deseos».
El motor de toda su acción era el amor de Cristo. El Corazón de Jesús era para ella el símbolo, la imagen visible del amor de Cristo por el hombre. Por eso quiso que en todas las casas de su congregación hubiera imágenes del Sagrado Corazón.
Como superiora de su congregación, su propósito era suscitar en las jóvenes que tenía a su cargo la entrega de sus vidas, para que los hombres de su tiempo pudieran atravesar el muro de la indiferencia y la soledad. Durante un viaje escribió a una de sus religiosas: «Hoy es tiempo de que el amor no siga estando escondido, sino que se haga vivo, activo y verdadero. Cuánto debo agradecer al corazón del amadísimo Jesús y cómo debe parecerme ligero todo peso, dulce toda pena, cuando se trata de procurarle un poco de gloria. Con el voto de caridad satisfaces el deseo que sientes de sufrir por amor a tu Jesús, porque el voto de caridad nos une de un modo verdaderamente especial a los intereses del amadísimo corazón de Jesús, que hará de nosotras todo lo que quiera para la conversión de los pecadores y para los demás intereses de Su gloria».