Quiero contar un pequeño episodio que me ocurrió hace no mucho tiempo y que me hizo reflexionar. Un domingo por la tarde, junto con otros dos seminaristas estadounidenses, fui al Scholars Lounge, un pub irlandés situado en el centro de la ciudad. Fuimos porque el equipo de fútbol americano del que soy hincha, los Washington Commanders, jugaba en España y ese era el único partido del año cuyo huso horario me permitía ver en directo.
Sin embargo, en las pantallas también transmitían Irlanda-Hungría, un partido de clasificación para el Mundial y que la selección irlandesa tenía necesariamente que ganar para poder clasificarse. El bar estaba lleno de aficionados. Irlanda iba perdiendo 2-1, pero empató en el minuto 83. En el quinto minuto de descuento, gracias al último saque del portero, Troy Parrott marcó el gol de la victoria y su triplete. El local explotó en un momento de auténtico delirio. El camarero puso The Fields of Athenry a todo volumen en los altavoces, mientras todos los irlandeses se abrazaban y saltaban.
Después de presenciar esta escena, entre nosotros tres comenzó un debate: está claro que una de las experiencias más grandiosas que un futbolista puede vivir es marcar un triplete en una remontada llevando a su selección a la victoria. Pero a nosotros se nos vinieron a la mente dos imágenes bíblicas todavía más reales.
Nació en mí la urgencia de “animar” las conversiones de mis hermanos.
La primera es aquella en la que san Pablo describe la vida espiritual como una carrera: “¿No sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita» (1 Cor 9,24-25). Los atletas se esfuerzan para conquistar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona que dura para siempre. La otra es la parábola de la oveja perdida: «Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).
Al volver al seminario para ir a la adoración eucarística, nació en mí la urgencia de tomar más en serio mi propia conversión y de “animar” las conversiones de mis hermanos y de aquellos con los que se encuentran. Descubrí que la alegría de un partido es verdadera si coincide con la carrera espiritual que estamos corriendo. Ahora veo crecer en mí el deseo de esforzarme por estar despierto, para ser el instrumento que Dios usa para salvar a los pecadores, y le pido que me salve.
¡Qué bonito que exista una alegría que, por su grandeza y duración, ni siquiera puede compararse con la de ganar un partido de fútbol!e conversioni dei miei fratelli e di quelli che incontrano. Ho scoperto che la gioia della partita è vera se corrisponde alla gara spirituale che stiamo correndo. Vedo ora crescere in me il desiderio di faticare per essere desto per essere lo strumento che Dio usa per salvare i peccatori, e chiedo che mi salvi.
Com’è bello che ci sia una gioia che per la sua immensità e durata non è neanche paragonabile a quella della vincita di una partita di calcio!