¿Quién es el verdadero misionero?

En Turín, un seminarista descubre la belleza de ser instrumento de Dios.

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Cada seminarista de la Fraternidad San Carlos pasa el cuarto año de formación viviendo en una casa con otros sacerdotes y haciendo experiencia de la vida misionera. Este año estoy en nuestra casa de Santa Giulia (Turín).

Uno de los sacerdotes que vive aquí dice que «el verdadero misionero de la historia es el Espíritu Santo». Recientemente he podido comprobar la verdad de esta afirmación.

Además de colaborar en nuestras parroquias de Santa Giulia y de la Anunciación, doy algunas horas de clase de Religión a la semana en un instituto de secundaria y bachillerato. Al comienzo del curso me di cuenta de que algunos alumnos pensaban que la ciencia había demostrado la falsedad de la fe o que la había convertido en algo innecesario.

Intenté explicarles que tener fe no significa dejar de usar la razón y que la fe católica sigue siendo algo con lo que una persona puede identificarse hoy. Recientemente dediqué algunas clases a explicar que creer en la resurrección de Jesús no es una cuestión de «fe ciega», sino que podemos afirmar razonablemente que la historia narrada en los Evangelios ocurrió realmente. Les mostré cómo, a partir de fuentes externas a la Biblia, podemos afirmar históricamente que hace dos mil años vivió un hombre llamado Jesús, que murió bajo el poder de Poncio Pilato y que sus apóstoles creían que había resucitado de entre los muertos. Después les presenté las respuestas más habituales que los ateos dan a estas afirmaciones y les pedí que escribieran qué pensaban al respecto, antes de compartir yo mi propia opinión sobre lo que habíamos leído juntos.

Dios me permitía participar en la conversión de este joven.

Durante el tiempo dedicado a escribir, la clase estaba muy inquieta, hasta el punto de que temí que a nadie le interesara lo que les había propuesto. Pero entonces, para mi gran sorpresa, me encontré con dos alumnos que discutían acaloradamente sobre una de las posibilidades planteadas: que los apóstoles hubieran robado el cuerpo de Cristo y después hubieran afirmado que había resucitado de entre los muertos. Uno de los chicos defendía esta hipótesis, mientras que otro alumno −el último del que habría esperado un interés por estos temas− la rechazaba. Me acerqué a él y le pregunté por qué estaba tan convencido de esa postura. Me respondió: «Hace un par de meses empecé a leer los Evangelios». Entonces le pregunté por qué lo había hecho, y me dijo que había sido por casualidad, pero que había empezado a encontrarlos interesantes. Ahora me doy cuenta de que siempre está muy atento a lo que enseño y que hace preguntas.

Para mí fue un momento precioso, porque vi que Dios me permitía participar en la conversión de este joven. Dios se humilla hasta el punto de pedir nuestra ayuda, cuando podría salvar a todos los hombres sin necesidad alguna de nosotros. Y, sin embargo, elige servirse precisamente de nosotros en su misterioso plan de salvación. Todo nuestro trabajo se construye siempre a través del verdadero misionero: el Espíritu Santo.

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