Cascina «Misericordia»

En el campo piamontés, algunos jóvenes descubren que su valor va mucho más allá de lo que son capaces de hacer.

BRITO cascina misericordia
Los jóvenes de la parroquia Santa Giulia, en Turín, trabajando en la cascina «Misericordia».

Hace once años, una joven pareja de Casale Monferrato (Piamonte), con tres hijos pequeños y vinculada al movimiento Operazione Mato Grosso, decidió dejar el piso en el que vivía para trasladarse a una casa de campo a las afueras de la ciudad. Querían ofrecer a los jóvenes un lugar donde trabajar en contacto con la naturaleza y con lo recaudado sostener las misiones. Hoy tienen cinco hijos y muchísimos amigos −desde niños hasta adultos ya entrados en años− que cada día pasan por la cascina para seguir adelante con esta iniciativa.

A través de un universitario de nuestra parroquia conocí esta realidad y enseguida pensé que sería estupendo llevar a los chicos de secundaria a trabajar un poco con ellos. Empezamos a ir en pequeños grupos de doce jóvenes, una vez al mes. Vamos el sábado después de comer, trabajamos por la tarde, por la noche jugamos, cantamos y contamos alguna historia, volvemos a trabajar el domingo por la mañana y después de comer regresamos a Turín. Hemos cortado y apilado leña, cavado la tierra, pintado las habitaciones, retirado placas de yeso y tablones para reformar una cocina, decorado algunas macetas con plantas de fresas para regalárselas a los niños…

Una de esas veces pregunté a los chicos si habían descubierto algo bonito al ir a la cascina y qué dificultades habían experimentado.

Los jóvenes necesitan sentir que lo que hacen sirve, que es útil

Una chica contó que le había resultado muy frustrante no tener la fuerza suficiente para cortar la leña. En un mundo en el que todos tenemos que ser perfectos, muchas veces conseguimos ocultar nuestras limitaciones. Pero frente a la naturaleza no había mucho que hacer. Un trozo de madera puede ser más resistente que la fuerza de tus brazos.

Otro chico me dijo que le había gustado sentirse esperado por los mayores, que le enseñaban cómo trabajar. Haber tenido a su lado a unos maestros que trabajaban con él y que lo esperaban le había hecho sentirse querido y valioso para alguien.

Otra chica dijo que había descubierto el sentido de la misión: dar para recibir. El amor, la energía y el tiempo que damos nos llenan. Por eso, cuando trabajas por los demás, mientras los ayudas también descubres que eres útil, que estás hecho para algo y que eres más feliz.

Los jóvenes necesitan escuchar que lo que hacen es útil. ¡Cuántas veces les oímos decir: «¡Es inútil!»! Buscan un significado, un fin, un sentido para el uso de su tiempo, de sus energías, de sus vidas.

Pero, ante todo, buscan a alguien que los mire con afecto. La primera vez que llegamos a la cascina con estos «chicos de ciudad», alguien les puso inmediatamente unas hachas en las manos y se los llevó a cortar leña, sin preocuparse demasiado por su capacidad para manejar la herramienta. No había desconfianza, dudas ni recelos, sino una mirada llena de confianza y ánimo.

Solo si reciben esta mirada amorosa los jóvenes podrán dejar de tener miedo a ser imperfectos. «Eres precioso a mis ojos», dice Dios en un pasaje del profeta Isaías. No por lo que consigues hacer, sino por lo que eres. Esta es la mirada que recibimos en la confesión. ¿Acaso podría haber un nombre más acertado que este −«Misericordia»− para la cascina?

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