«¿Por qué a mí nadie me había dicho nunca estas cosas?». Me acuerdo muy bien de esta pregunta que me hicieron hace unos años. Estaba dando clase en un instituto de formación profesional y hablaba sobre la figura del padre en la literatura. Pelo rosa, ojos marcadamente delineados de negro y un piercing en la nariz: ni siquiera había entrado en clase y la mirada de aquella chica ya me había hecho sentir cierta hostilidad. Quizá mi vestimenta de sacerdote le había parecido una provocación.
Y, sin embargo, el tema despertó un interés inicial. Poco a poco fueron surgiendo preguntas, hasta el punto de que, cuando sonó el timbre, nadie se levantó y seguimos hablando durante casi toda la hora siguiente. El diálogo se volvió cada vez más intenso: ¿cómo es posible que uno se haga sacerdote? ¿Cómo se puede renunciar libremente a tener novia? ¿Puede existir de verdad un amor que no traicione?
A medida que sus preguntas se sucedían con insistencia, yo me preguntaba qué eco podían encontrar mis palabras en aquellos jóvenes tan alejados de mí. Con cierto temor, acepté correr el riesgo, mostrarme tal como era, dejar a un lado aquel falso pudor que, en realidad, no es más que una excusa para mantenernos al margen del otro. Y así vi cómo también ellos iban bajando sus defensas, hasta que aquella chica, con los ojos llenos de lágrimas, me lanzó su última y tierna acusación: «¿Por qué a mí nadie me había dicho nunca estas cosas?».
Los jóvenes nos piden que contemplemos esa belleza secreta que llevan dentro, que les ayudemos a sacarla a la luz.
No conozco el sufrimiento del que nacía aquella pregunta y tampoco sé si nuestro diálogo cambió después algo en ella. Sin embargo, llevo conmigo aquella mirada, porque revela el verdadero rostro de los jóvenes con los que sigo encontrándome. Detrás de una apariencia de indiferencia o de una provocación descarada late un corazón incandescente, en el que conviven un impulso casi violento hacia la vida y una profunda fragilidad. Esta delicada belleza muchas veces no encuentra el camino para florecer y entonces corre el riesgo de apagarse en la desilusión, la frustración, la rabia y los muchos anestésicos que hoy están al alcance de todos.
Mi vida cambió cuando mi juventud turbulenta se encontró con adultos, maestros y padres. Personas capaces de ver en mí algo que ni siquiera yo conseguía ver aún, aunque al mismo tiempo lo intuía y lo deseaba. Personas que se arriesgaron a decirme qué hacía verdadera su vida, qué significaba amar de verdad y cuáles eran las mentiras que yo trataba de contarme a mí mismo.
El verano pasado estuve caminando entre las canteras de mármol de Carrara. Allí, entre aquellos enormes bloques de mármol todavía sin forma, quinientos años atrás se movía Miguel Ángel. Desde el exterior era capaz de entrever sus vetas y presentía la obra maestra oculta que esperaba ser liberada de la piedra desnuda. El mármol es duro, se resiste al trabajo y exige esfuerzo. Hay que arrancar gran parte de la materia, y este arte entraña enormes riesgos: en un instante, todo puede agrietarse hasta hacerse añicos. Del mismo modo, los jóvenes nos piden que contemplemos esa belleza secreta que llevan dentro, que les ayudemos a sacarla a la luz, aunque pueda doler, y que les recordemos que la vida es una batalla que merece la pena librar. Dante necesita a Virgilio para emprender el viaje que lo llevará hasta Beatriz. Con un maestro también es posible atravesar el infierno para volver a descubrir el rostro luminoso y auténtico de aquello que amamos, incluso cuando nos ha hecho sufrir.
Cuando hay un padre, el mundo entero se convierte en hogar. En la casa donde habita Dios se descubre la compañía de muchos hermanos, la belleza de unas relaciones verdaderas. Así, la soledad y el miedo que atenazan el corazón pueden ser vencidos. Igualmente, uno puede decidir marcharse, por un instante o para siempre. Y, sin embargo, ninguna semilla quedará sin dar fruto: aunque solo sea una nostalgia imposible de sanar. He visto a jóvenes desbordar de vida y entusiasmo al encontrarse con Cristo; los he visto arrastrar consigo a sus amigos, llegar a tomar decisiones definitivas y convertirse ellos mismos en padres. La Iglesia siempre puede renacer y enriquecerse con nuevos santos.
¿Qué necesitan, entonces, los jóvenes? Personas adultas que no hayan renunciado a afirmar que Cristo es la única razón verdadera para vivir, el único que puede devolver a los afectos su verdadera profundidad, el único que puede hacer soportable incluso el sacrificio. Personas que no tengan miedo de sus intentos irónicos y torpes, ni estén paralizadas por el temor a equivocarse, sino que se impliquen sinceramente con ellos. Personas conscientes de pertenecer a una comunidad más grande que ellas mismas; personas que los miren con el afecto que un día experimentaron en su propia vida y que todavía hoy los sostiene.