Vida, alegría y resurrección

Sui passi dei primi cristiani: tra catacombe e mausolei, ciò che domina è la vita.

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Basílica de San Stefano Rotondo, Roma (foto: Wikipedia)

Cada año, las Misioneras de la Casa de formación, junto con los seminaristas de la Fraternidad San Carlo, visitamos una ciudad italiana para profundizar en un periodo de la historia del arte, acompañados por nuestro profesor, Alessandro Rovetta. Hace unas semanas nos sumergimos en el arte y la arqueología cristianos de los primeros siglos. ¿Y qué ciudad mejor que Roma, donde tenemos el privilegio de vivir, podía darnos esta oportunidad? Ya el año pasado, durante el Jubileo, descubrimos el valor de habitar físicamente en los lugares por los que caminaron los primeros cristianos. Durante estos tres días, pudimos redescubrir lo mismo de manera concreta a través de las obras antiguas.

Visitamos sobre todo lugares relacionados con la muerte: mausoleos, muchos sarcófagos y, especialmente, en el subsuelo de Roma, las catacumbas de San Calixto, de Priscila y de Domitila. Millones de cubículos y nichos funerarios, unos sobre otros para ocupar el menor espacio posible, a lo largo de pasillos oscuros y laberínticos. En aquel ambiente sombrío y húmedo, que podemos imaginar que en el pasado estaría además cargado de malos olores, resultó sorprendente encontrar tantos restos de imágenes, blancas y llenas de color, y descubrir en todas ellas un mismo tono de fondo: un tono de alegría y de vida.


Una experiencia de fe nos ha llegado de nuestros amigos cristianos que nos precedieron.

Durante estos tres días nos acompañó especialmente la imagen del profeta Jonás. Parecía que Jonás aparecía en cada rincón, representado con los brazos abiertos y levantados hacia el cielo, junto al pez, como si nos dijera: «Aquí estoy, ¡he vuelto a la vida!». Junto a Jonás, otras imágenes narraban resurrecciones, como la de Lázaro, y curaciones, como la del paralítico que regresa a casa cargando a hombros su camilla.

Esta expresión de vida se hizo todavía más evidente cuando visitamos la iglesia de San Stefano Rotondo, un enorme edificio circular inundado por una intensa luz natural. Sus paredes están completamente cubiertas de frescos: después de la cruz de Cristo, aparece una sucesión de un sinfín de martirios, uno tras otro. Desde san Esteban, lapidado, hasta san Pedro, santa Águeda y santa Catalina de Alejandría; desde los mártires devorados por las fieras en el circo romano hasta los que fueron azotados o quemados vivos. Ante estos martirios, tan diversos y crueles, lo que más impresiona es la luz que llena el espacio, recorre las paredes e ilumina una a una aquellas escenas: una luz física que es también signo de la entrega gozosa de aquellos hombres.

En todos estos lugares dedicados a la muerte, al terminar las visitas permanecía, por encima de todo, la sensación de estar ante una realidad llena de vida, alegría y resurrección.

Por eso, pudimos reconocer la verdad de lo que escribió hace poco el papa León XIV en su Carta apostólica sobre la importancia de la arqueología: «Incluso un fragmento de mosaico, una inscripción olvidada o un grafiti en una pared de las catacumbas pueden contar la biografía de la fe». Un testimonio de fe en la cruz y en la resurrección nos ha llegado de nuestros amigos cristianos que nos precedieron, precisamente a través de sus lugares, aquí, cerca de nuestras casas.

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