Al hablarnos de Jesús, los Evangelios también nos presentan a sus amigos. Es un aspecto de su vida que siempre nos sorprende. Él también tuvo amigos, experimentó la gratuidad de unas relaciones recibidas como don; las deseó y cuidó de ellas. Así comenzó a hacerse carne en la historia, llamándonos «amigos».
Desde entonces, la amistad se ha convertido en nuestro camino y también en nuestra tarea. ¿En qué sentido? Quisiera mostrar tres imágenes sencillas que pueden ayudarnos.
La primera es la historia de dos grandes hombres que vivieron en el siglo IV: Basilio de Cesarea y Gregorio Nacianceno. Se conocieron en su juventud, mientras estudiaban juntos, primero en Cesarea y después en Atenas, y quedaron unidos por un afecto profundo. Como escribió Gregorio: «Aspirábamos a un mismo bien y cultivábamos cada día con mayor fervor e intimidad nuestro ideal común. Esta era nuestra competición: no quién sería el primero, sino quién permitiría al otro serlo». La búsqueda del verdadero bien los llevó a entregarse completamente a Cristo. Quisieron hacerlo juntos. Y así, cuando Basilio fundó la primera comunidad de monjes de Oriente, Gregorio lo siguió. Más tarde, cuando ambos fueron llamados a dejar el monasterio para servir como obispos a la Iglesia de Dios, no fue fácil aceptarlo, pero lo hicieron una vez más juntos. No sin esfuerzo, pero ciertamente sin vacilaciones. La Iglesia los celebra unidos el 2 de enero, consagrando así su amistad.
La amistad se ha convertido en nuestro camino y en nuestra tarea.
La segunda imagen procede de la literatura y nos la ofrece A. J. Cronin en su novela Las llaves del reino. Cuando llega junto al padre Francis, a la misión del Vicariato en China, sor María Victoria se enfrenta a su propio orgullo. Desea pertenecer a Cristo y servirlo sinceramente, pero no es capaz de hacerlo; se resiste obstinadamente, y la figura de aquel sacerdote humilde se lo recuerda, sin pretenderlo, cada día. Interiormente lucha contra él porque se siente al mismo tiempo atraída y juzgada por esa figura tan auténtica. La mujer no consigue dominar su dureza hasta que, un día, después de verlo humillado y, sin embargo, en paz, siente cómo se derrumban sus defensas y encuentra el valor para liberarse de sus cargas. Le abre su corazón y le pide perdón. Ese es el comienzo de una relación nueva que hará fecunda la misión. Pero solo cuando tenga que regresar a su patria conseguirá finalmente pronunciar las palabras que llevaba dentro y que siempre había deseado decir: «Querido…querido amigo». Había hecho falta tiempo; su temperamento no había cambiado, pero una luz había entrado ya en la oscuridad.
La tercera imagen es la de monseñor Pierre Claverie, dominico francés, y Mohamed Bouchikhi, su chófer argelino y musulmán. Eran amigos y murieron juntos el 1 de agosto de 1996, en Orán, asesinados juntos por terroristas islamistas. También ellos fueron víctimas del llamado Decenio Negro que vivió Argelia en aquellos años. Pero, en medio de todo aquel sufrimiento, su sangre mezclada en la muerte convirtió su amistad en una promesa de una comunión más grande.
Estas tres imágenes se unen a las que encontraréis en este número de Fraternidad y Misión, en los testimonios de nuestros sacerdotes. ¿Qué nos dicen? Ante todo, que la amistad es el don más hermoso, porque nos revela que la naturaleza de nuestro ser es la comunión: una comunión gratuita y deseada. Es un don que hace posible nuestra libertad: podemos abrirle espacio, acogerla e incluso dejarnos transformar por ella. Nuestro corazón ya la desea. Porque es verdad: no hay amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos. No hay nada más hermoso, nada que deseemos más, nada en lo que seamos más plenamente nosotros mismos, que tener amigos y poder dar la vida por ellos. Igual que hizo Jesús.