La alternativa al «Irish goodbye»

En Washington D. C., un grupo de universitarios responde a la generación del ghosting con una amistad vivida en el día a día: «See you tomorrow».

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Stefano Zamagni, de espaldas, junto a un grupo de universitarios americanos.

«¿Dónde está Sarah? Hace un momento estaba aquí». «No lo sé, a lo mejor se ha ido. La he visto salir». «¿Sin despedirse de nadie?». Existen muchas interpretaciones sobre el origen del llamado Irish goodbye, desde la partida repentina de los inmigrantes irlandeses afectados por la hambruna de la patata hasta la necesidad de evitar las largas despedidas propias de la hospitalidad irlandesa. La expresión, que en Estados Unidos ya forma parte del lenguaje cotidiano, designa la decisión de abandonar un lugar o un evento sin despedirse de las personas presentes, incluido el anfitrión. También se habla de ghosting, la capacidad de aparecer y desaparecer «como un fantasma». Por qué esta práctica, documentada ya en la Francia de las cortes del siglo XVIII, está hoy tan extendida entre los jóvenes estadounidenses es una pregunta que a menudo he planteado a los universitarios con los que me encuentro en Washington D. C.

La generación del ghosting necesita experimentar una comunión vivida.

«Sarah lo ha hecho bien. No quería molestar ni llamar la atención». Es como decir que la presencia de Sarah no supone ninguna diferencia para nosotros. En un mundo sediento de likes, los jóvenes tienen miedo a que les miren. O bien: «Sarah no tiene que dar explicaciones a nadie si quiere marcharse». Significa que nuestra presencia no supone ninguna diferencia para Sarah. En un mundo en busca constante de connections, los jóvenes tienen miedo de depender de otros. «Está bien hecho. No merece la pena implicarse afectivamente si todo acaba». Es como decir que no tiene sentido comprometerse con la presencia del otro. En un mundo cada vez más preocupado por crear safe spaces, los jóvenes tienen miedo de sufrir.

El miedo nos convierte en fantasmas, mientras que solo una pertenencia recíproca hace del otro una presencia concreta. Desde el momento en que te encuentras con alguien por el camino, ese otro camina contigo y no desaparece como un fantasma. Por eso, más que lecciones de etiqueta, la generación del ghosting necesita experimentar una comunión vivida, junto a alguien que camina contigo cada día. El otro está ahí mientras caminas y no puedes fingir que no existe. Si se detiene o cambia de dirección, te das cuenta porque está unido a ti. Su presencia cambia también tu camino.

Esta es la comunión que un pequeño grupo de estudiantes ha empezado a experimentar entre jornadas de estudio en la biblioteca Mullen, carreras nocturnas por Capitol Hill y comidas en McGivney Hall. De un deseo común de crecer en la fe, a través del carisma de don Giussani, ha nacido una convivencia sencilla y cotidiana, en la que la presencia del otro aporta una novedad a la vida de cada uno. Es la novedad del cristianismo que vuelve a suceder hoy. Miro a estos diez amigos y me doy cuenta de que los discípulos debieron de vivir la misma experiencia con Jesús. Salían de casa pensando en encontrarse con Él. Iban a los lugares donde sabían que podían encontrarlo. Buscaban su rostro entre la multitud, tanto en el templo como en el mercado. Esperaban verlo para hablar con Él del significado de las cosas y de Dios. Buscaban motivos para prolongar el tiempo que pasaban con aquel hombre, ya fuera en su casa o mientras trabajaban en el lago. Al llegar la noche, se despedían de Él con la esperanza de volver a verlo al día siguiente. «See you tomorrow», exclama Madeline con una sonrisa al final del día. Y comprendo que esta es la alternativa al Irish goodbye: un saludo que suena como una invitación a continuar el camino iniciado con el otro, hasta alcanzar el mañana eterno. «See you tomorrow» es la oración del amigo a ese «Tú» que se entrega para hacer de la vida un camino sin fin.

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