Una casa habitada por Dios

En Inglaterra, una adolescente de catorce años, desconfiada al principio, descubre en la comunidad un verdadero hogar, capaz de sostenerla incluso ante los desafíos más grandes.

Pagani Eastleigh
Los jóvenes de la parroquia de St. Swithun Wells durante unas vacaciones en el campo inglés.

Llegué como diácono a nuestra misión inglesa de Eastleigh en septiembre de 2023. Desde el principio, una de las responsabilidades que me encomendaron fue el Student Youth, el grupo de la parroquia dirigido a chicos de entre 14 y 18 años. Nos reunimos todos los viernes por la tarde-noche. Empezamos cenando juntos, continuamos con un rato de juegos y terminamos con un momento de conversación.

Entre los distintos chicos que estaban presentes desde el primer encuentro se encontraba Jenna [nombre ficticio, ndr], una chica de 14 años, nacida y criada en el Reino Unido, de madre inglesa y padre australiano. Decir que parecía poco interesada en los encuentros es quedarse corto. Como me confesaría más adelante, el único motivo por el que había decidido acudir al grupo era recibir la confirmación y después desaparecer. Y, sin embargo, a pesar de la desgana que a menudo manifestaba abiertamente, seguía viniendo, semana tras semana.

A lo largo de los meses, entabló amistades profundas, especialmente con otras dos chicas. A partir de esas relaciones, empezó a venir al grupo cada vez con más ganas y a participar activamente en los encuentros. También se despertó en ella un profundo deseo de acercarse a Dios. Volvió a rezar y a ir a misa después de varios años. Durante el verano, llegó el día de su confirmación. Y también el final, por aquel año, de los encuentros del Student Youth. Cuando volvimos a reunirnos en septiembre, Jenna estaba allí. Como empezaba un nuevo curso, durante el encuentro hice a los chicos esta pregunta: «¿Por qué estáis aquí?». Jenna respondió: «El año pasado empecé a venir al grupo solo para recibir la confirmación. Pero este verano, durante el mes y medio en que no nos hemos visto, sentía que me faltaba algo en la vida. Sentía que echaba de menos ese “sentido de comunidad” que había empezado a experimentar con el Student Youth. Por eso, cuando me dijeron que iban a reanudarse los encuentros, decidí volver». Era septiembre de 2024.

Buscan un hogar. Un hogar que los acoja, pero que también les permita partir.

Creo que aquel año Jenna no se perdió ni un solo encuentro. Siempre estaba presente, incluso cuando sus amigas no podían venir. También empezó a acudir al grupo de estudio y a colaborar en el Come and See Club, una propuesta al estilo de los oratorios italianos que ofrecemos a los niños más pequeños durante las vacaciones escolares de mitad de trimestre.

Decidir ayudar con los niños le suponía un esfuerzo, no era algo que hubiera elegido por iniciativa propia. Y, sin embargo, ante la propuesta de regalar su tiempo gratuitamente para aprender a querer más a sus amigos, había decidido ir más allá de aquello que, en un principio, no le atraía.

En septiembre de 2025, su padre le comunicó que estaban a punto de trasladarse a Australia, adonde se mudaron a finales de enero del año siguiente. Jenna no se lo tomó nada bien. Se rebelaba ante la idea de dejar todo lo que conocía, toda la belleza que había descubierto, para empezar de nuevo al otro lado del mundo. Le entristecía tanto la idea de marcharse que no se lo cuentó a nadie, ni siquiera a sus amigas. Sin embargo, hacia mediados de diciembre, cuando la fecha de partida ya está cerca, nos lo dijo. Y nosotros decidimos organizar una fiesta de despedida para ella el último viernes que pasó en Inglaterra, dos días antes de marcharse. La fiesta fue preciosa. Pero lo más bonito fue la carta que Jenna nos escribió a los sacerdotes para despedirse. Hay una frase que me impresionó especialmente: «No importa dónde me mude, sé que la Iglesia es mi casa y siempre lo será».

Muchas veces me preguntan qué buscan los jóvenes de hoy. Se podrían dar muchas respuestas, pero una de ellas, la más verdadera, es la que nos ha indicado Jenna. Estos chicos buscan un hogar. Un hogar que los acoja, pero que también les permita partir. Un hogar que haga posible que cada uno lo deje todo para irse al otro lado del mundo, porque tiene la certeza de pertenecer. Un hogar habitado por Dios.

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