Confiados como niños

Durante un bautismo en Viena, un niño nos recuerda qué significa confiar en Dios.

Canisiuskirche Wien
La iglesia de san Pedro Canisio en Viena.

Este verano sustituí a un sacerdote en una de las parroquias vecinas para celebrar un bautismo. En la gran iglesia de estilo neorrománico, dedicada a san Pedro Canisio, se escuchaba el bullicio de las voces de los niños, hijos en edad escolar de las familias amigas que acudían a la ceremonia.

El Evangelio narra cómo algunas personas llevan a los niños a Jesús para que los abrace y los bendiga. Luego el Señor reprende a los discípulos con estas palabras: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de quienes son como ellos es el reino de Dios». En la homilía describí esta escena, tan parecida a la del bautismo que estábamos viviendo, y hablé del deseo de los padres de que sus hijos encuentren el amor de Dios. Luego pregunté: «Pero, según vosotros, ¿por qué a Jesús le gustan tanto los niños, hasta el punto de decir que solo quien es como ellos entrará en el reino de Dios?».

«¿Por qué a Jesús le gustan tanto los niños, hasta el punto de decir que solo quien es como ellos entrará en el reino de Dios?»

Tras un momento de reflexión, un padre exclama: «¡Porque son inocentes!». La respuesta no me convenció. Me dirigí con una sonrisa a los niños presentes y pregunté: «Niños, ¿sois todos realmente tan inocentes?». Un chico de unos diez años respondió con naturalidad, casi divertido: «¡No, yo no!». Pues bien, eso es precisamente lo que le gusta a Jesús de los niños: esa facilidad para reconocer que Le necesitan, esa confianza y, sobre todo, la certeza de que Él nos concede su perdón. Es una buena noticia, porque también es posible para nosotros, los adultos.

Durante esos días leí en la encíclica del papa Francisco sobre el Sagrado Corazón de Jesús, Dilexit nos, una hermosa frase de santa Teresita del Niño Jesús: «A veces, cuando leo ciertos tratados espirituales en los que la perfección se presenta a través de mil obstáculos, rodeada de una multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se cansa muy pronto; cierro el libro erudito, que me rompe la cabeza y me seca el corazón, y tomo la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso: una sola palabra revela a mi alma horizontes infinitos; la perfección me parece fácil; veo que basta con reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos del buen Dios». El texto alemán lo traduce de un modo aún más sugerente: «lanzarse a los brazos del buen Dios». Me lo imagino tomando impulso, como hace un niño con su madre o su padre. La confianza filial en el amor misericordioso de Dios sostiene todo lo demás. ¡Qué preciosidad aprender de un niño mientras uno realiza su propio trabajo!

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