Entre nosotras solemos decir que ir de misión a un país nuevo es como un nuevo nacimiento. Igual que sucede en una relación entre personas, la cultura del pueblo al que somos enviadas, con toda su historia, tiene que encontrar espacio en nosotras y crecer poco a poco. No es un proceso automático: sabemos bien que amar requiere trabajo, tiempo y esfuerzo.
Por eso, durante los cinco primeros meses desde mi llegada a nuestra misión de Nairobi, mis superioras me propusieron dedicarme casi exclusivamente al estudio del kiswahili, que, junto con el inglés, es una de las lenguas nacionales de Kenia. Así, sor Eleonora y yo nos trasladamos a Tanzania para realizar un curso intensivo de tres meses.
Cada mañana, a las ocho, salíamos a pie del lugar donde vivíamos y caminábamos durante media hora por el arcén de la autopista hasta llegar a la escuela de idiomas. Allí nos esperaba nuestra profesora, Faith, una joven tanzana que nos recibía siempre con una gran sonrisa. El aula era una mesa rodeada por tres paredes y abierta a un hermoso jardín lleno de flores, árboles y monos.
Sentadas alrededor de aquella mesa, y gracias a tantas horas de estudio, fuimos descubriendo que aprender una lengua es mucho más que adquirir una habilidad técnica: es encontrarse con un mundo nuevo y adentrarse en él. Por ejemplo, en kiswahili no existe el verbo «tener», de modo que la posesión se expresa diciendo «ser con». También tienen una gran importancia los numerosos proverbios, muchos de los cuales reflejan un profundo sentido de comunidad: umoja ni nguvu («la unidad es fuerza»), mtu ni watu («la persona es pueblo»). Son matices sutiles que dejan entrever una cultura cuyas raíces no ponen el acento en el individuo.
«La fe se ha transmitido así: a través del relato de historias».
También en nuestra relación con la profesora se hizo evidente que dar importancia a la lengua facilita el conocimiento mutuo y favorece la amistad. En un momento del curso, después de hacernos ya muchas preguntas sobre nuestra vida y sobre la Iglesia, Faith, con el pretexto de hacernos practicar el kiswahili, nos pidió que le contáramos una historia de la Biblia. Con el escasísimo dominio de la lengua que había logrado adquirir, hice todo lo posible por contarle la historia de Ester, uno de mis relatos bíblicos preferidos. ¡Necesité casi una hora para resumir apenas tres páginas! Eleonora hizo lo mismo y le contó el episodio de la Anunciación según el Evangelio de san Lucas. Inesperadamente, mientras nos esforzábamos en hablar, sucedió algo. Faith nos siguió con una atención extraordinaria y, al terminar, nos hizo una serie de preguntas para profundizar en lo que le habíamos contado. Cuando ya hacía un buen rato que había terminado el tiempo de clase, nos dijo con decisión: «¡Mañana quiero otras dos historias!».
Me impresionó la fuerza del relato como instrumento de comunicación, pensando también en que, para los primeros cristianos y, en general, para las culturas antiguas, la fe y las verdades de la vida se transmitieron precisamente así: a través del relato de historias. También Dios ha elegido comunicarse por medio de la palabra, y hoy quiere servirse de nuestras voces para seguir anunciando su mensaje de salvación en todas las lenguas y a todos los pueblos de la tierra.