Dios no miente

La plenitud de la Pascua es posible para quien vive en compañía de Cristo. Una meditación del vicario general de la Fraternidad San Carlos.

Cover marzo
Don Pietro Rossotti, sacerdote de la Fraternidad San Carlos, con un grupo de jóvenes de Saint Paul (Minnesota).

«En los últimos meses he pensado que, en el fondo, el Señor no me ha mentido; ha cumplido lo que me había prometido». Son palabras que describen una vida pacificada, la de alguien que ha pedido y ha obtenido de Dios lo que deseaba. Palabras de un hombre que ha tenido una vida tranquila. Y, sin embargo, quien las pronunció es un hombre que no ha tenido en absoluto una vida pacífica. De hecho, continuaba así: «Porque Él nunca me había dicho que no vería el funeral de dos de mis hijos, ni el de mi mujer».

Estas frases fueron pronunciadas durante un encuentro en nuestra casa de formación, y quien habla es Enrico Petrillo, marido de Chiara Corbella. Su historia, ya conocida, nos muestra la belleza de la vocación, entendida como camino hacia la santidad. Chiara es Sierva de Dios y la fase diocesana de su proceso de beatificación cerró el pasado mes de junio. Hoy, Enrico cuenta a menudo, en encuentros y testimonios, cómo Dios los ha llevado de la mano, haciéndolos capaces de afrontar grandes dramas y regalándoles esa «misteriosa alegría» que ningún dolor puede borrar.

Lo que domina es la intuición de una vida llena de sentido y de positividad.

Las historias que se leen en la newsletter actual tienen todas este sabor de eternidad. Se habla del «sí» definitivo a Dios en la consagración, en la adhesión a la Iglesia o en el abrazo de su voluntad hasta la muerte. Son pasos definitivos, son las Pascuas que cada uno de nosotros debe atravesar a lo largo de los días y de la vida. En cada una de ellas hay un sacrificio que abrazar. A veces nos parece un sacrificio demasiado grande, otras casi inexistente. Y, sin embargo, Jesús lo dijo con claridad: quien quiera venir detrás de mí, que tome su cruz y me siga.

La única posibilidad de experimentar la resurrección es abrazar la cruz. O mejor dicho, no abrazar la cruz en sí misma, sino a Aquel que está tendido sobre ella.

«Desde que aquel hombre fue tendido sobre la cruz y clavado en ella, desde ese momento la palabra sacrificio se ha convertido en el centro, no de la vida de aquel hombre, sino en el centro de la vida de todo hombre», escribía don Giussani. Esto es así porque «no existen ni la fe, ni la esperanza, ni el amor; no existen la belleza, ni la bondad, ni la justicia; no existe nada sin sacrificio». Son palabras fuertes, casi increíbles.

Así como todo nacimiento humano debe atravesar el dolor del parto, también todo renacimiento pasa por una mortificación. Y, sin embargo, lo que predomina no es la renuncia ni el sufrimiento, sino la intuición de una vida llena de sentido y de positividad. La vida eterna comienza ya aquí en la tierra: es una experiencia que podemos vivir en compañía de Cristo, participando de su vida a través de la humanidad de la Iglesia. «Cristo no ha venido a liberarnos del sacrificio, sino a través del sacrificio», decía Benedicto XVI.

La vida eterna es el inicio de esta experiencia ya en la tierra.

Esta es también la experiencia de plena liberación que vivió Chiara, y que expresó en una de sus frases más conocidas, que da título a una de sus biografías: «Hemos nacido y no moriremos jamás».

Enrico continuaba su testimonio diciendo: «El Señor me había prometido que estaría siempre conmigo, y así ha sido y sigue siendo». Esta es la alegría de la Pascua, y es la promesa que Dios nos ha hecho también a cada uno de nosotros.

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