A veces ocurre que, cuando me presento como misionera residente en Roma, la gente me pregunta: «Ah, entonces, en algún momento te irás de misión a otro lugar, ¿verdad?». Y yo siempre respondo: «¡Pero si ya estoy en misión!». Sí, también en Roma, en el corazón mismo de la Iglesia, hace falta la misión; es decir, hacen falta personas dispuestas a colaborar con Dios para que Él pueda llegar al corazón de todos. Esto me lo ha enseñado muy bien Inés (nombre inventado, ndr).
Nos conocimos en Familias en la Cocina, uno de los talleres que organizamos en nuestra casa. Los sábados por la tarde, unos veinte niños, acompañados por sus padres, se reúnen con dos de nosotras para cocinar. Es una actividad sencilla, pero con una gran fuerza de atracción. Participan también personas poco vinculadas a la vida parroquial: compañeros de colegio, amigos del barrio o familias invitadas por los propios niños y sus padres. Una de ellas es Inés. Después de venir por primera vez, prácticamente no volvió a faltar a ningún encuentro. Un día, mientras hablábamos con varios niños sobre la catequesis, nos dijo: «Yo, por desgracia, soy atea; ni siquiera estoy bautizada». Sus padres no son especialmente creyentes, aunque siempre se han mostrado abiertos y cercanos con nosotras. Aprovechando esa disposición y dejando espacio al deseo de Inés de conocer a Dios −un deseo que se transparentaba en ese «por desgracia»−, un día pregunté a su madre si podía contarle algo sobre Jesús. Me respondió que sí. Inés acogió la propuesta con una sonrisa inmensa y los ojos llenos de luz.
«Yo sé que Dios existe, aunque otros digan que no, y hablo con Él»
Desde entonces, una vez al mes, al terminar Familias en la Cocina, nos quedamos juntas unos minutos en nuestra capilla para hacer una pequeña catequesis. Un día Inés me confió: «Yo sé que Dios existe, aunque otros digan que no, y hablo con Él». Inés vive con una sencillez sorprendente su relación con ese Amor eterno que está en el origen de nuestra vida. Cuando le conté la visita de María a Isabel, me preguntó: «Entonces, ¿Dios le había hablado a Isabel? ¿Cómo sabía que María llevaba a Jesús?». Con cierta prudencia, me atreví a responderle que sí; que no sabemos exactamente cómo ocurrió, pero que de algún modo el Señor habló a Isabel para darle esa noticia. Y añadí que quizá había sucedido algo parecido con ella misma, con Inés, que ya sabía que Dios existía, aunque nadie se lo hubiera enseñado antes. Ella asintió con una de esas sonrisas luminosas que la caracterizan. La semana siguiente supe que cada noche se reservaba unos minutos para estar sola en su habitación y rezar. ¡Cuánto se alegrará el corazón del Señor al ver a esta niña rezando a escondidas en su cuarto!
No sé qué sucederá en la vida de Inés en el futuro. No sé qué decisiones tomará cuando sea mayor. Pero sí estoy segura de una cosa: la pequeña semilla que el Señor ha sembrado en su corazón permanecerá allí para siempre. Y, si ella la deja crecer, podrá seguir desarrollándose y floreciendo a lo largo de toda su vida.