¿Por qué el dolor? ¿Qué significado tiene el sufrimiento? ¿Es posible una vida sin dolor?
Estas preguntas nos acompañan siempre y no logramos resolverlas. A veces, para tomarnos un respiro, buscamos un anelgésico, como el que nos propone un aforismo de la filosofía oriental atribuido a Buda: «Noventa amores, noventa dolores. Treinta amores, treinta dolores. Un amor, un dolor. Ningún amor, ningún dolor». Aprender a no amar: sería la única respuesta posible si nuestra vida fuera soledad. Ciertamente no sería razonable, pero tal vez sería la única posibilidad.
Una de las características del arte barroco colonial que he conocido en América Latina es el realismo, la insistencia con la que reproduce el sufrimiento. Es un estilo artístico que corresponde a una sensibilidad religiosa. Tuve la oportunidad de verlo cuando era párroco en Bogotá. Las escenas más representadas son las de la pasión de Jesús. Las estatuas se decoran con ropa y cabello reales y tratan de mostrar, de una manera más cercana a la realidad, las heridas de los cuarenta azotes en el cuerpo de Nuestro Señor, sus expresiones, sus sentimientos, su dolor. Cada año, durante la Semana Santa, todo el pueblo colombiano revive en las iglesias y en las calles los misterios de la pasión. Las miradas de todos se sienten atraídas por esas heridas: siempre me he preguntado por qué.
Sin duda, sin embargo, la estatua más importante es la «Dolorosa». Es la imagen de la Virgen María llorando junto a la cruz de la que pendía su Hijo. En nuestra parroquia de Bogotá, esa estatua solo se expone durante la Semana Santa. Dos mujeres se encargan de prepararla, adornándola con cabello real y vistiéndola con largos mantos de terciopelo negro. Tiene en las manos un pañuelo blanco con el que recoge la sangre de la muerte de su Hijo, y en las mejillas algunas lágrimas que no se secan y nos recuerdan la espada que le traspasó el alma. El afecto por ella es tan grande que las mujeres, cuando la visten, le untan la cara y las manos con crema, como si pudieran cuidar su piel. Quienes entran en la iglesia en esos días, pasan a visitarla y le encienden una vela. El Sábado Santo nos reunimos para rezar y guardar silencio ante ella, para acompañarla, pero también para mirarla. Para comprender su dolor.
Durante la Semana Santa, vemos a Dios que entra en nuestro dolor, lo carga sobre sí mismo, se deja desfigurar por la traición y el abandono. Ha querido recorrer también este camino, para no abandonarnos en la soledad de nuestros miedos. No ha querido evitar el dolor. No ha tenido miedo de amarnos. Una, treinta, noventa veces. He aquí la fuerza que atrae nuestras miradas hacia Él y que mueve a todo el pueblo colombiano a caminar junto a Él.
¡Cuántas veces María vio a su Hijo entrar en el dolor de los hombres! Cuando era pequeño, y luego cuando creció. ¡Cuántas veces se conmovió por la seguridad con la que Él cargaba sobre sí mismo el mal, abriendo las puertas de una vida más verdadera! Ella también miraba las heridas de Nuestro Señor, las había mirado durante toda su vida y había mirado su amor.
Aprendió de Él a amar. Así es como se encontró bajo la cruz. Había aprendido de Él a amar y entonces lo amó hasta el final. Le acompañó también en ese momento terrible, cuando vio su carne desgarrada bajo los latigazos y luego bajo el peso de la cruz. Nos impresiona la certeza con la que María llevó ese dolor. No sabía cómo iba a suceder, y por eso lo sintió como una espada que la traspasaba, pero sabía que su Hijo vencería a la muerte. Entonces su dolor se convirtió en espera. Nuestros ojos se sienten atraídos por ella, y también nuestro corazón. En lugar de explicar el significado del dolor o de anestesiarlo, la «Dolorosa» entra en nuestro sufrimiento con su pañuelo blanco y sus lágrimas, y espera por nosotros la victoria de su Hijo. Podemos aprender a esperar junto a ella.