En el año 2000, Jorge estaba en primero de carrera y estudiaba Historia en la Universidad Católica de Santiago de Chile. Un día, a la entrada de la universidad, recibió un flyer con la imagen del Ícaro de Matisse, firmado por Comunión y Liberación Universitarios. Se presentó en el lugar del encuentro, donde encontró a muchos jóvenes reunidos leyendo un texto y dialogando sobre él. Participó en ese primer encuentro y la amistad que vio entre ellos le impresionó, pero luego no continuó. Se alejó de la Iglesia durante muchos años y se casó por lo civil con Lylya.
En 2024 se inauguró la nueva iglesia Madre Admirable, justo al lado de la casa de Lylya y Jorge, quienes mientras tanto habían tenido una hija, Florencia. Empezaron a participar en la vida de la parroquia. Jorge percibía cierta consonancia entre lo que había escuchado en aquel encuentro veinte años antes y las palabras de los sacerdotes de la nueva iglesia. Buscó en Google: «Fraternidad San Carlos» y descubrió que estaba vinculada a las mismas personas y al mismo movimiento eclesial.
Un día, al salir de misa, Jorge me preguntó: «¿Ustedes son de Comunión y Liberación? ¿Hay aquí un grupo en la parroquia?». Poco a poco, Lylya y Jorge comenzaron a participar en la Escuela de Comunidad de los viernes por la noche, un encuentro donde otras familias jóvenes de Puente Alto (barrio a las afueras de Santiago), leen juntas un texto de don Giussani y lo comparan con su propia experiencia. Con el tiempo, los recién llegados sintieron el deseo de casarse también en la Iglesia católica. Lylya había nacido en una familia anglicana, pero la participación en la Escuela de Comunidad le transmitió un profundo afecto por la Virgen María y por eso pidió hacerse católica.
El 28 de junio de 2025, Lylya fue recibida en la Iglesia, recibió la Primera Comunión y se casó con Jorge. En la misma celebración, Florencia fue bautizada, en medio de la alegría de los amigos de la Escuela de Comunidad, que prepararon los cantos, las flores, las decoraciones y las lecturas.
«Eran palabras nuevas para mí, que derribaban mis defensas».
Lylya contó la historia de su conversión en un encuentro de padres y, al escucharla, Iveth, nacida en una familia evangélica pentecostal, sintió que la llamada que había recibido su amiga también iba dirigida a ella.
Iveth había llegado a la parroquia porque su hija de ocho años quería bautizarse y hacer la Primera Comunión. Mientras tanto, su compañero católico le había propuesto casarse por la Iglesia. Iveth cuenta: «Debíamos participar en las catequesis matrimoniales, algo totalmente desconocido para mí. Fui sin expectativas y un poco escéptica. Pensaba: “¿Qué podrán decirme de nuevo dos jóvenes sacerdotes?”. El padre Francesco y el padre Tommaso comenzaron a hablar de la “vida como vocación”. Para mí eran palabras nuevas, que derribaban mis defensas y mis ideas preconcebidas. Sentí por primera vez que alguien me hablaba directamente a mí. Cada miércoles del curso prematrimonial mi corazón se abría un poco más. Empecé a tener preguntas, deseos de aprender y de acercarme a Dios desde una posición nueva. Hace algunos días, acompañada por el padre Francesco, subí al Cerro San Cristóbal. Cuando llegué frente a la imagen de la Virgen María, que durante años había sido para mí solo una estatua, sentí algo diferente. La miré, recé y comprendí que no estaba sola. Descubrí en la Virgen una compañía materna, silenciosa y constante. Sentí que siempre había estado allí, esperándome. Desde entonces veo la vida con otros colores, perfumes y sonidos. No sé explicarlo con palabras; solo sé que Dios está conmigo en cada paso, en cada pensamiento y en cada momento. Y esta certeza me llena de alegría. Por eso he pedido entrar en la Iglesia católica».