El don de la paciencia

Deberes, merienda y juegos en una parroquia de Ciudad de México: una oportunidad para un seminarista en misión.

Città del Messico Settimana Santa Apr
Juegos con los niños de una parroquia de Ciudad de México.

Estoy viviendo en México, donde me han pedido que pase un año de mi camino de formación. Una de las actividades que me han encargado es el apoyo escolar en la parroquia. Me acompañan tres feligresas y profesoras que dedican dos tardes a la semana a esta tarea. La actividad consiste en ayudar a hacer los deberes, reforzar alguna asignatura en la que tengan más dificultades, merendar y después ir a jugar a un parque situado junto a la iglesia. Antes de entrar en el seminario, estudié Matemáticas. Por aquel entonces, era habitual percibir cierta sorpresa cuando, ante la pregunta «¿Quieres ser profesor?», respondía con seguridad y sin dudarlo: «¡No! Nunca podré ser profesor. No tengo la paciencia que hace falta».

Hasta el año pasado esta actividad estaba dirigida sobre todo a los alumnos de secundaria. Este año, sin embargo, a petición de algunos padres, hemos ampliado la propuesta también a los niños de primaria. Y así llegaron dos pequeños huracanes: Felipe y Mateo, dos niños de segundo que no saben leer, escribir ni realizar operaciones matemáticas básicas. Además de sus dificultades escolares, también les cuesta concentrarse. Desde el principio, las tres profesoras y yo nos preguntamos cómo podíamos ayudarlos y buscamos estrategias para mantenerlos centrados, de modo que pudieran aprender aquello que sus profesores no habían conseguido enseñarles.

A pesar de todo, nuestros esfuerzos parecían inútiles. Entre un «no me apetece», un «estoy cansado», un «¿qué hay de merienda?» o un «¿cuándo vamos al parque?», a veces nuestra exigencia hacia ellos, e incluso cierta desesperación por la falta de resultados, parecían ser totalmente contraproducentes. Ante ellos, me sentía incompetente e inapropiado.

Ya no era el esfuerzo lo que determinaba las horas que pasábamos juntos.

El cambio llegó al volver a leer El sentido de la caritativa. Había olvidado que la medida de su necesidad no la decido yo, sino que me viene dada por Dios. Giussani decía: «Las “leyes” y las “justicias” pueden aplastar si olvidan o pretenden sustituir lo único “concreto” que existe: la persona y el amor a la persona».

Así, partiendo de esta premisa, empecé a presentarme cada tarde que pasábamos juntos con el deseo de mirar a los chicos como solo Dios sabe hacerlo. Sin quitar importancia a sus dificultades ni a las mías, pero consciente de que ya no eran estas, ni tampoco los resultados, lo que determinaba las horas que pasábamos juntos.

Al terminar el curso escolar, Felipe y Mateo no se habían convertido en genios de la literatura ni de las matemáticas, aunque habían mejorado. Sobre todo, el que había cambiado era yo. Hace unos meses, algunos de los chicos que vienen a estudiar con nosotros me preguntaron, entre galletas y helados: «¿Cómo consigues tener tanta paciencia?». La pregunta me pilló totalmente desprevenido. Era verdad: tenía con ellos una paciencia que no era mía. Al pensarlo, la única respuesta razonable que encontré fue el amor: empezar a querer a los chicos tal como son, deseando que encuentren la belleza de la vida cristiana tal como la he encontrado yo, experimentando el amor de Dios a pesar de todos mis límites y pecados.

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