El corazón es el centro del ser humano y determina la verdadera medida de la persona, porque en él habita el deseo de infinito, es decir, de Dios. Esto es lo que todos nosotros hemos aprendido −y seguimos aprendiendo− viviendo la vida de la Iglesia, escuchando una y otra vez las palabras de don Giussani y comprometiéndonos allí donde estamos con las personas que se nos han confiado. Sin embargo, no siempre logramos comunicarlo bien. Cuando estaba de misión en Taiwán, mis compañeros más “veteranos” me contaron varias veces un episodio curioso. Hablando precisamente del deseo del corazón, una amiga nuestra de la parroquia dijo más o menos así: “Estoy muy agradecida a don Giussani y al Movimiento porque, desde que estoy con vosotros, he comprendido que mi corazón es pequeño y debe serlo cada vez más, para contentarse con las pequeñas cosas de cada día”. Naturalmente, mis hermanos quedaron desconcertados al escuchar aquellas palabras. A primera vista parecen decir exactamente lo contrario de lo que queremos vivir y transmitir.
Jesús sigue atrayéndonos hacia sí −a sus sentimientos, a sus sufrimientos y a sus alegrías− a través de la vida de la Iglesia.
Sin embargo, hay un salmo que siempre me impresiona cuando lo leo:
«Corro por el camino de tus mandamientos, porque has ensanchado mi corazón» (Sal 118,32). El camino cristiano es, en realidad, una progresiva dilatación del corazón, de la razón −diría Benedicto XVI−, de la mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Pero no se trata de ampliar la “pantalla”, como si simplemente acumuláramos más información o más conocimientos. Se trata más bien de un cambio en el punto de vista. La vida cristiana consiste en una identificación continua con Cristo, en una elevación de nuestra mirada sobre la realidad. «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5), escribe san Pablo a la comunidad de Filipos. ¿Y cómo sucede esto hoy? Jesús sigue atrayéndonos hacia sí −a sus sentimientos, a sus sufrimientos y a sus alegrías− a través de la vida de la Iglesia.
Hace algunos días tuve la oportunidad de participar en el rezo del Rosario en la plaza de San Pedro, junto al papa León XIV, para pedir el don de la paz. En aquel momento, aunque estábamos reunidos en un punto concreto y limitado de la tierra, abrazábamos al mundo entero. «Corro por el camino de tus mandamientos, porque has ensanchado mi corazón»: me sacas de mis pequeños pensamientos para devolverme la grandeza con la que me has pensado y a la que estoy destinado.
El mes de noviembre comienza cada año con la solemnidad en la que celebramos la comunión de todos los santos. La Iglesia militante nos ayuda a levantar la mirada hacia la Iglesia triunfante, ensanchando nuestro corazón y elevándolo hasta el cielo. O mejor aún: nos ayuda a buscar el cielo −o al menos su reflejo− dentro del instante presente.
El infinito se encuentra en cada circunstancia finita de la historia personal, porque en ella habita el Misterio.
El infinito se encuentra en cada circunstancia finita de la historia personal, porque en ella habita el Misterio. Quizá eso era precisamente lo que aquella feligresa de Taipéi quería decirnos: que es posible encontrar el infinito en cada circunstancia concreta de la historia personal de cada uno, porque en ella habita el Misterio.
Don Giussani va todavía más lejos y afirma que no solo es posible, sino necesario, y que esto sucede a través de la vida de la Iglesia: «Hay que pensar en el mundo entero; hay que preocuparse por el cristianismo en África y en Asia y no limitarse a ocuparse de las desobediencias y de las faltas de cada día. El hombre acepta lo particular solo cuando ese particular se le presenta como realización de algo universal. Solo lo grande, lo total, lo sintético permite al hombre aceptar la humillación del análisis y de lo particular. Si uno lleva dentro el sentido del mundo, entonces puede incluso permanecer encerrado en una celda toda la vida con la grandiosa serenidad de una monja de clausura».