Existen muchas expresiones con las que el pueblo cristiano se dirige a María, y todas merecen ser meditadas y rezadas. Basta pensar en el Ave María, la Salve Regina, las Letanías Lauretanas, el Ave Maris Stella, etc. Han sido muchos los himnos y cantos compuestos en dos mil años de devoción mariana, presente en todas las épocas de la cristiandad, especialmente en el segundo milenio. Me gusta pensar en María y dirigirme a ella con los títulos de Reina y Madre.
Reina. Necesito una persona con autoridad a quien hablar, una mujer que realmente existió y que continúa existiendo con su cuerpo transfigurado. Ese cuerpo se ha hecho visible en muchas ocasiones dramáticas de la historia. Una mujer a quien pueda mirar como una fuente de luz pura y extremadamente cercana, una luz que ilumina los detalles de mi humanidad y de mi vida cotidiana. Una luz que no teme mi polvo, mi tierra, pero que al mismo tiempo me ofrece la fuerza paciente para limpiar mi casa, para que solo su luz la habite.
Una persona como nosotros, enteramente habitada por esa gracia que invocamos.
Una luz que multiplica la belleza de lo que es bello e invita (casi en voz baja, respetuosamente) a apartar las sombras que se oponen a la belleza y a la caridad.
Reina de la luz. Esta expresión me es muy querida porque me habla de un ideal hacia el cual tender, de una persona como nosotros, enteramente habitada por esa gracia que humildemente invocamos para nosotros mismos.
Madre de los pecadores. Esta es la segunda invocación a la que estoy ligado. O mejor dicho, madre de nosotros, los pecadores. La conciencia del propio pecado crece con el paso de los años, porque también aumenta la conciencia del bien recibido.
Madre. Sabemos que esta palabra, común en su raíz a un número infinito de lenguas, indica la capacidad de generar y, sobre todo, de alimentar, de hacer crecer aquello que se ha generado. Alma Mater: madre que alimenta y lleva a la madurez.
María engendró gracias al Espíritu de Dios. Muchos consideran un cuento este nacimiento. Ciertamente, no es el primer paso de la fe cristiana. Antes de todo viene la fe en el Dios creador. Si Dios pudo crear de la nada, ¿por qué no podría crear de nuevo? La concepción de Jesús es precisamente una nueva creación, una recreación, una renovación de la primera, caída y corrompida, en un nivel más alto. Jesús es el hombre nuevo. Así, pedimos a Dios que, a través de María, suceda cada día en nosotros esta nueva creación: regenerados por el Espíritu, a través de la carne de Jesús, a través de la Iglesia: Veni Sancte Spiritus, veni per Mariam.