Una nueva familia

Homilía de Mons. Massimo Camisasca con ocasión de las ordenaciones diaconales y sacerdotales de la Fraternidad San Carlos.

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Celebración al término de las ordenaciones sacerdotales y diaconales de la Fraternidad San Carlos. Roma, 27 de junio de 2026.

Queridos amigos:

La Iglesia nos regala con frecuencia una liturgia de la Palabra que abre nuestra inteligencia al sentido profundo de lo que estamos celebrando y, más aún, de toda nuestra existencia.

Eso es precisamente lo que sucede hoy. En los textos que hemos escuchado encontramos una introducción ejemplar a la vida cristiana y, de un modo particular, a la vida sacerdotal. Me detendré sobre todo en las palabras de Jesús que nos presenta el Evangelio.

Las afirmaciones sobre el amor a la propia familia y sobre perder y ganar la vida, con las que comienza el pasaje evangélico de esta tarde, nos resultan a primera vista −y cada vez que las volvemos a escuchar− especialmente exigentes. Nos gustaría suavizarlas pensando que reflejan giros propios del mundo semítico y que, por tanto, deben interpretarse dentro de su contexto histórico y cultural.

Sin embargo, esas palabras permanecen ahí, aparentemente enigmáticas, como un signo de contradicción que desafía nuestra mentalidad mundana y nos piden ser acogidas, penetradas y desveladas en la auténtica promesa de felicidad y de amor que encierran.

El pasaje evangélico que acabamos de escuchar constituye la culminación de un largo discurso misionero que Jesús dirige a sus apóstoles. Pero es también un discurso sobre el seguimiento.

Ambas dimensiones están íntimamente entrelazadas.

Vosotros, queridos hermanos, sois misioneros, llamados incluso geográficamente a alejaros de vuestra casa, a dejar atrás las costumbres y los hábitos de vuestra vida anterior. Ese sacrificio solo se convierte en luz cuando nace del amor de Jesús y del amor a Jesús: del amor de Jesús, que por medio de vosotros se derrama sobre el mundo, y del amor a Jesús, contemplado en la Cruz y en la Eucaristía. El amor de Jesús es un amor personal, que elige, que prefiere, que siempre nos sorprende ante nuestra pequeñez y nos conmueve porque se renueva continuamente a pesar de nuestra fragilidad y de nuestras caídas.

Después de estas consideraciones iniciales, detengámonos ahora en las palabras de Jesús: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). Jesús no pretende contradecir aquí el cuarto mandamiento del Decálogo. El amor y el afecto hacia nuestros padres, que fueron el primer cauce por el que recibimos el don de la vida y de la fe, no solo permanecen intactos, sino que están llamados a crecer con el paso de los años, encontrando en Dios su fuente y su horizonte. Lo que Jesús quiere afirmar, sencillamente, es el primado de su amor: sin él, todo amor se desfigura y pierde su esperanza de futuro.

«poco a poco Jesús va poniendo su persona en el centro de la afectividad y de la libertad del hombre, […] pone su propia persona en el corazón de los mismos sentimientos naturales y se sitúa con pleno derecho como su verdadera raíz»[1]. Benedicto XVI, comentando estas palabras de Jesús en una homilía, escribe: «El Maestro no destruye la familia; al contrario, revela sus fundamentos y, al mismo tiempo, funda su nueva familia».

Nosotros somos esa nueva familia.

Jesús afirma el primado de su amor: sin él, todo amor se desfigura y pierde su esperanza de futuro.

Entremos ahora en unas palabras aún más difíciles: «El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt 10,38). ¿Cómo podía Jesús hablar de la cruz −y, en particular, de nuestra cruz− cuando la suya todavía estaba por llegar? ¿Qué sentido podían tener entonces esas palabras? Sin duda, Él veía más lejos. Ya experimentaba el horizonte de la obediencia que habría de conducirle a la entrega total de sí mismo, libremente asumida, pero total. Por eso continúa diciendo: «El que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,39). De nuevo afirma que el centro de nuestra vida no somos nosotros, sino Él, en cuyo seguimiento encontramos toda dulzura. Esta es la única razón de la obediencia. Solo cuando sabemos que obedecemos a Cristo, la obediencia a la autoridad de la Iglesia se vuelve razonable y se convierte en fuente de alegría. Solo el amor puede explicar la obediencia. Y el amor consiste en la entrega gratuita de uno mismo.

El misterio pascual es la forma originaria y auténtica del amor, porque Dios es amor. Para Dios, el amor no es un sentimiento, sino su misma realidad. Y Él ha derramado en nosotros, por el bautismo, la capacidad de amar, haciéndonos don de su Espíritu e incorporándonos a Jesucristo. Así se comprenden las palabras de san Pablo que hemos escuchado: «Fuimos sepultados con él en la muerte; debemos morir para no morir, para resurgir a la vida que no tiene fin» (cf. Rom 6,4).

También don Giussani subrayaba este vínculo entre obediencia y amor en el libro que acabo de citar. Haciéndose eco de Guardini, escribe: «el que escucha tiene que renunciar a sí mismo, tiene que sacrificar la autonomía de su criterio de una manera tan sensible como solo puede ocurrir en el amor»[2].

Benedicto XVI añade además: «Solo saliendo de nosotros mismos podemos encontrar la verdadera vida». Amar significa precisamente salir de uno mismo; por eso, aceptar perderse es la condición para encontrarse.

La verdadera dinámica de la vida humana queda así revelada en la Cruz. No podemos amar por encima de todo a Jesús si no aceptamos esta lógica.

Continúa el papa Benedicto: «La cruz no es una crueldad, sino una purificación a través del sufrimiento […]. Solo perdiéndonos, solo entregándonos totalmente a Aquel que es la vida verdadera, la felicidad, encontramos el amor auténtico. Solo perdiéndonos en el gran amor de Cristo realizamos verdaderamente esta ley del amor, que es la ley de la vida».

Por eso nunca debemos olvidar estas palabras: «por mi causa». Esta es la fuente de la alegría.


[1] L. Giussani, Los orígenes de la pretensión cristiana, Encuentro, Madrid, 2025., pp. 111-112.

[2] Ibíd., p. 112.

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