Domingo, son las seis y media de la tarde. Empiezan a llegar… Hoy también está Farah [el nombre es ficticio, nda], una joven de Oriente Medio que conoció nuestros encuentros a través de una amiga. Todavía no habla italiano, pero tiene los ojos muy abiertos y de vez en cuando pregunta a la amiga que la ha invitado de qué estamos hablando. Después del encuentro, ayuda a preparar la mesa. Le sorprenden la acogida, la atención a los detalles y la familiaridad con la que ve desenvolverse a los demás. Durante la cena, el diálogo continúa. Resulta sorprendente ver a tantos jóvenes, entre 20 y los 30 años, escucharse en silencio y abordar preguntas tan grandes. También Farah participa, contando cosas de sí misma a cuarenta personas completamente desconocidas. Después confía a la amiga que la invitó: «Se nota que sois amigos; nunca había visto algo así. Sois como una familia, como un hogar». Al llegar, tuvo la impresión de que aquellos jóvenes se conocían desde siempre. En realidad, lo que ella estaba viendo era algo bastante nuevo para todos. Un brote todavía muy frágil e inmaduro.
Cuando llegué a la parroquia de Sion hace un año y medio, pregunté a los cuatro o cinco jóvenes universitarios que colaboraban en la catequesis de los niños si les apetecía empezar a encontrarnos una vez por semana, los domingos por la tarde, invitando también a sus amigos. Comenzamos siendo diez y hoy, entre la sorpresa y el vértigo de todos, somos más del cuádruple. Cada vez llegan más, invitados a través del boca a boca. Algunos están muy alejados de la fe o incluso se definen como ateos.
«Me da respeto utilizar la palabra amigo: es algo sagrado».
Con el tiempo, la estructura de nuestros encuentros se ha ido definiendo cada vez más: merendamos, jugamos al fútbol o al ping-pong, luego nos sentamos a hablar, cocinamos y cenamos, y por último, rezamos completas en la capilla. Desde hace algunos domingos también he empezado a proponer media hora de adoración y el rezo de Vísperas antes del encuentro. Durante las reuniones, pido a los jóvenes que compartan los acontecimientos más significativos que han vivido durante la semana y juntos buscamos la relación entre esos hechos y los deseos más profundos del corazón. Como fondo, las provocaciones del Evangelio, que a menudo leemos al inicio del encuentro. La pregunta sobre la que estamos trabajando este año gira en torno a la relación entre amor, verdad y sacrificio: «¿Cómo se aprende a amar?»; «¿Qué tiene que ver el sacrificio con el amor?». Muchos han empezado a compartir sus preguntas y el asombro ante lo que hemos comenzado a vivir juntos. «Nos conocemos desde hace pocos meses y, sin embargo, siento que entre nosotros hay una relación más estrecha y verdadera que la que tenemos con nuestros amigos de siempre», dicen, de distintas maneras, Marta, Matteo y Giulia. «Estoy descubriendo que la amistad es un don, es una casa, un espacio que se construye», dice Alice. «Ahora me da respeto utilizar la palabra amigo: después de cada encuentro, me doy cuenta de que tiene que ver con algo sagrado», dice Virgilio.
Un lunes, después del encuentro, recibo un mensaje de Marian, la amiga que había invitado a Farah por primera vez: «¿Sabes, padre? Ayer Farah me hizo muchas preguntas. Vio cómo rezamos los salmos a dos coros. Quiso rezar también ella y se hizo la señal de la cruz. Al final me dijo: “Se nota que Dios está entre vosotros. Yo… creo en la Iglesia”». Me conmovió, también porque Farah es musulmana. Normalmente escucho decir: «Creo en Dios, pero no en la Iglesia». No sé hasta qué punto era consciente de lo que estaba diciendo; quizá ni siquiera ella lo sabe. Y, sin embargo, intuyó la razón profunda por la que don Federico y yo estamos en Trieste: vivir, entre nosotros y con todos aquellos que Dios pone delante de nosotros, esa comunión que Cristo comenzó a vivir con los apóstoles. La Iglesia. Y Farah lo dijo precisamente así: «¡Yo creo en la Iglesia!».