Lo conocí en la universidad hace siete u ocho años, pero nuestra amistad se ha estrechado sobre todo en los últimos tiempos. Aunque es un chino tradicional y bastante mayor que yo, posee una manera de mirar la realidad y a las personas que revela el corazón de un niño.
Me contó que, desde su conversión al catolicismo −tenía alrededor de cuarenta años− asiste a misa todos los días, esté donde esté. A los numerosos hijos que tuvo con Teresa −quien también fue bautizada ya de adulta tras recibir una gracia especial atribuida a santa Teresa de Lisieux− John les repite con frecuencia: “Me emociona pensar que cada día comienza estando con Cristo. ¿Sabéis qué es lo primero que hacen mamá y papá cuando llegan a la iglesia? Nos arrodillamos en silencio ante el altar. Venimos a Dios con las manos vacías, pero con el corazón lleno de amor y de gratitud. Cada día ponemos en su altar nuestras cargas y nuestras alegrías. Él sabe qué hacer con ellas”. En su casa, el rezo del rosario por la noche es una cita fija, a la que invitan también a amigos y visitantes, sean cristianos o no.
Con John se puede hablar de todo: su cultura es amplísima. Un día me llevó a ver la inmensa biblioteca de su casa. Observé que, junto a los libros, había también algunas fotografías. Con una sonrisa satisfecha me dijo: “Espero no dejar de aprender mientras tenga aliento. Tengo una gran biblioteca… y también una hermosa colección de amigos, a quienes considero como mis libros de consulta vivientes”.
“Esta es una época en la que, para seguir siendo cristianos, tenemos que convertirnos en santos”.
Últimamente suele pasar por mi despacho en la universidad. En realidad, soy yo quien espera con ganas esos momentos para conversar con él. Además del chino, habla inglés con gran fluidez, ya que estudió y enseñó Derecho, Filosofía china y Mística cristiana en Estados Unidos. Vivió también un par de años en Roma, aunque nunca llegó a aprender italiano. Bromeando me dijo una vez: “A una vieja mona no se le pueden enseñar trucos nuevos”.
Pero John también sabe ser serio y profundo. Hablando de la difícil situación que vive gran parte del mundo, me comentó: “Esta es una época en la que, para seguir siendo cristianos, tenemos que convertirnos en santos”. Cuando le pregunté qué pensaba de la relación entre Oriente y Occidente, respondió sin dudar: “Para encontrarnos a nosotros mismos no debemos viajar ni hacia el este ni hacia el oeste, sino hacia el interior”. Luego añadió: “Cristo es el sol que ilumina al mundo entero, y la Iglesia es como una lente que concentra sus rayos para encender el fuego en la tierra. Debemos poner nuestra alma bajo ese fuego para que se inflame con el amor divino”. Mientras habla, ese amor se percibe con claridad. Un día, después de contarme algunas peripecias de su vida −éxitos, pero también traiciones− concluyó: “La nota dominante de mi vida es el amor. Todas las páginas sueltas de mi historia han sido recogidas por la mano amorosa de Dios y reunidas en un solo volumen armonioso. Incluso en las relaciones humanas he recibido más amor del que he dado. Pero si ya me siento en deuda con los hombres, ¡cuánto más con Dios!”.
Siempre me llama “padre”, porque siente un profundo respeto por el sacramento del sacerdocio. Uno de sus hijos, Peter, se convirtió en sacerdote misionero. John me contó que, en la primera misa de su hijo, quiso servirle como monaguillo, invirtiendo así la tradición confuciana según la cual el hijo debe servir siempre al padre. Con los ojos brillantes me dijo: “Su viejo padre lo servirá como un hijo sirve a su padre”.
Lo que más me impresiona de John es la profunda unidad de su persona. Podría decirse que es plenamente chino, plenamente católico y, al mismo tiempo, plenamente él mismo. Cuando habla de la filosofía y de las religiones tradicionales chinas, suele referirse a ellas como a las nodrizas que lo educaron y lo alimentaron hasta que la luz de Cristo iluminó su vida. “Sí”, me dice con convicción, “Cristo es la unidad de toda mi vida”.
Podría contar mucho más sobre mi querido amigo John. Pero, en realidad, ya lo he hecho: es el autor sobre el que escribí mi tesis doctoral. John C. H. Wu, nacido en China en 1899 y fallecido en Taipéi en 1986.