El valor de elegir el bien

En una escuela de Colorado, redescubrir que educar significa indicar el camino hacia el bien.

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Don Emanuele Fadini bromea con los niños de la Faith & Reason School de la parroquia de Broomfield (Denver, Colorado).

Después de doce años vividos en Nairobi, desde agosto estoy en Denver, Colorado. Como es fácil imaginar, las diferencias entre estos dos lugares son muchas. Sin embargo, me parece haber descubierto algo que los une: el deseo profundo, presente en cada persona, de saberse amada y querida, creada según un designio bueno.

Trabajo como profesora de apoyo en la escuela de nuestra parroquia. Entre mis alumnos hay un niño con autismo, Víctor (nombre inventado, ndr). Llegó este año porque en su anterior colegio se burlaban de él. Se relaciona bien con los demás, pero a veces responde de manera un poco peculiar, sin muchos filtros, y por eso al principio a sus nuevos compañeros les costó relacionarse con él.

Hablando con su tutora, llegamos a la conclusión de que los niños estaban desconcertados porque no entendían por qué Víctor se comportaba así. De acuerdo con sus padres, un día en que él no estaba en clase, a través de la lectura de un cuento, explicamos a los alumnos qué es el autismo y señalamos que esa era la condición de Víctor y la razón de algunas de sus reacciones. La maestra subrayó que en él no había nada “equivocado”: todos hemos sido creados por Dios de manera única e irrepetible, según un designio bueno. Yo los invité a pensar qué podían aprender de él y les dije que lo consideraba un regalo especial para la clase. Los niños se tomaron muy en serio la conversación. Me impresionó especialmente ver a Víctor presentar en clase un trabajo de grupo realizado con sus compañeros: poco a poco está aprendiendo a expresarse mejor y a descubrir que lo que dice despierta algo en los demás.

Así es como el mal se propaga, incluso sin quererlo. A veces todo depende de una línea muy fina: de decir o no decir algo, de tener o no el valor de indicar un camino.

Este episodio me hizo pensar en el misterio del mal en el mundo y en nuestra responsabilidad. No creo que los niños de su anterior colegio fueran particularmente malos; probablemente nadie los había ayudado a mirar a Víctor tal como es. Pensé que, si nosotros no hubiéramos hablado con nuestros alumnos, también ellos habrían empezado a evitarlo, a aislarlo y quizá a burlarse de él. Eso lo habría entristecido y tal vez lo habría llevado a reaccionar con agresividad. Así es como el mal se propaga, incluso sin quererlo. A veces todo depende de una línea muy fina: de decir o no decir algo, de tener o no el valor de indicar un camino. Con frecuencia vivimos distraídos y dejamos de proponer el bien que podríamos −y deberíamos− ofrecer. Dejamos pasar las cosas, no asumimos la responsabilidad del bien que el mundo espera y con el que Dios cuenta para construir su Reino.

Hay una frase de la Madre Teresa que me gustaba recordar al comienzo del año de catequesis en Nairobi: «A menudo vemos cables eléctricos, pequeños o grandes, nuevos o viejos, que no sirven para nada si no pasa corriente por ellos. Los cables somos tú y yo; la corriente es Dios. Podemos decidir dejar que la corriente pase a través de nosotros y ser instrumentos suyos, o podemos negarnos y permitir que la oscuridad se extienda». Mi deseo es que sepamos dejarnos hacer por Dios.

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