Mostrar la Belleza

Un grupo de jóvenes húngaros de peregrinación a la Sagrada Familia para descubrir la Belleza que hiere el corazón.

BAGGI
Los chicos de la parroquia de Szent Ferenc (Budapest), delante de la basílica.

Durante un viaje a España, tuve la oportunidad de visitar la imponente obra de Antoni Gaudí: la Sagrada Familia. Allí también me reencontré como guía con una queridísima amiga, María Chiara, a quien conozco desde hace más de quince años. Mientras contemplaba la belleza de las formas y los colores del interior de la nave, pensé en el grupo de adolescentes de mi parroquia en Budapest y le dije: «¡Cómo me gustaría poder mostrar esta belleza a mis chicos!». María Chiara me respondió enseguida: «¿Por qué no? ¡Yo te ayudo!».

En Budapest soy párroco de una iglesia del centro de la ciudad, San Francisco de Asís. Allí me reúno habitualmente con un grupo de unos veinte chicos de entre 14 y 18 años. A mi regreso, durante la cena del sábado, les hablé de la idea de organizar una peregrinación a Barcelona para visitar la Sagrada Familia. Estalló una ovación de alegría y sorpresa. Muchos no habían salido nunca del país, algunos ni siquiera habían viajado en avión. La idea los entusiasmó. Sin embargo, el coste del viaje era difícil de asumir. Era demasiado dinero para poder pedirlo en sus casas, ya que sus familias no tienen muchos recursos. ¿Qué hacer? Les propuse fijar una cantidad razonable que pedir a sus padres; el resto tendrían que ganárselo trabajando.

Los adultos de la comunidad parroquial se mostraron muy disponibles. Algunos ancianos pidieron ayuda con la limpieza de sus casas, varias madres solicitaron clases de refuerzo para sus hijos o propusieron a los chicos acompañar a los más pequeños al colegio a cambio de una pequeña compensación. Pasaron los meses, pero lo recaudado seguía siendo insuficiente. Entonces propuse organizar una velada benéfica, presentando historias de distintos húngaros que, a lo largo de la historia, han servido a Dios y han dado prestigio a su patria en tierras españolas. Los relatos irían acompañados de actuaciones musicales. Preparamos también entradas que se vendían en la iglesia al final de las misas dominicales. Algunas madres se ofrecieron a cocinar dulces húngaros y españoles para la ocasión. El dueño de una reconocida pastelería frente a la iglesia, al enterarse de nuestro proyecto, donó dos bandejas de dulces para la velada y aportó además una generosa contribución económica.

«¿Cómo es posible que nos ayuden tantas personas que ni siquiera nos conocen?»

La comunidad se volcó con el grupo de jóvenes, que de repente, con grata sorpresa, descubrían la atención y el cariño que la gente. Experimentaron que forman parte de algo más grande que su pequeño grupo. «¿Cómo es posible que nos ayuden tantas personas que ni siquiera nos conocen?», se preguntaban. «Puede que no sepan vuestros nombres −les respondí−, pero saben que pertenecéis a esta comunidad. Somos un solo cuerpo en Cristo, y los miembros de la comunidad apoyan con gusto vuestra peregrinación a Barcelona».

Preparamos con esmero la velada, que transcurrió entre cantos, relatos y degustaciones. La iniciativa tuvo éxito y, por fin, alcanzamos la cantidad necesaria: ¡podíamos ir!

En Barcelona, obtuvimos permiso para celebrar misa en la cripta de la Sagrada Familia, donde presentamos todas las intenciones personales y las que nos había confiado toda la comunidad. Después, María Chiara nos guió en el descubrimiento de los significados simbólicos de lo que ha sido definido como «una alabanza a Dios esculpida en piedra». Cuando nos encontramos en la nave, envueltos por la luz que el sol filtra a través de las vidrieras, miré a los chicos. En silencio, con la boca abierta, contemplan esa belleza que tanto había deseado mostrarles. Recé para que, a través de lo que veían sus ojos, la Belleza hiriese su corazón e hiciese crecer en ellos el deseo de construirla, como Gaudí, y para que podamos transmitir con nuestra vida el amor de Dios a todos los que encontremos.

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