«¿Te parece bien hacer esperar a Jesús?». Era 2019, y esta pregunta de don Antonio Anastasio −Anas, para los amigos− derribó los últimos miedos que aún me retenían. Alguien me había buscado, había salido a mi encuentro y no le era indiferente mi respuesta. ¡A Dios todopoderoso le importaba mi “sí”!
Había conocido su amor preferencial desde niña gracias a mis padres. Fueron ellos quienes me introdujeron en la vida de la Iglesia dentro del movimiento Comunión y Liberación. Nací en Udine y tengo cinco hermanos. En casa siempre había muchos amigos y compañeros de clase que compartían la vida con nosotros. Durante los años de instituto, estas amistades y la pertenencia al Movimiento echaron raíces profundas en mí. A los 19 años me trasladé a Milán para estudiar arquitectura. Me sentía como Violaine, la protagonista de la Anunciación a María. Sabía de quién era hija, cuál era mi casa, con quién me casaría y qué trabajo tendría. Todo encajaba. Pero nada de esto lograba colmar una pregunta que llevaba en el corazón: «Señor, me lo has dado todo, ¿cómo puedo responder a este amor?».
En cuarto me fui de Erasmus a Oporto. Me fui sola y ni siquiera conocía el idioma. Esta circunstancia abrió un espacio nuevo en mi relación con Jesús. Lo buscaba y Él me respondía, en la oración y en los rostros de las personas que encontraba. Mientras me alegraba por esta cercanía, en la universidad y en las fiestas conocía a mucha gente a la que le faltaba un sentido en la vida. Me daba cuenta de que tenía un tesoro precioso que ellos no conocían. ¡Tenía que decírselo a todos!
Tenía un tesoro precioso que ellos no conocían. ¡Tenía que decírselo a todos!
En diciembre de ese año fui a los ejercicios de universitarios de CL de Portugal, guiados entonces por sacerdotes de la Fraternidad San Carlos que estaban de misión en Lisboa. Conocía la Fraternidad desde niña y había visto a amigos de mis padres partir como misioneros a México, Taiwán y Alemania, pero aquel año tuve un nuevo encuentro. Don Paolo, entonces seminarista, fue para mí el signo de que era posible entregar la vida a Dios y de que la vida, con Cristo, florece. No dejé de buscar su amistad y, al volver a Milán, empecé a ir a misa todos los días. Fue así como el Señor comenzó a atraerme hacia Él. Esta intuición me llevó a acudir a Anas para pedirle que me acompañara. Justo en ese periodo, una amiga me habló de la existencia de las Misioneras de San Carlos. Había algo que me atraía, pero profundizar en ello me parecía demasiado arriesgado, así que seguí pensando que me casaría.
Después de graduarme, empecé a trabajar como arquitecta, diseñando interiores de lujo. Al seguir obras en Irak y entrar en las casas de los más ricos, pensaba a menudo en el amor de Cristo por cada uno de ellos. Me sentía dentro de una historia que había comenzado precisamente en esas tierras con Abraham y en la que esa misma voz me decía a mí: «Sígueme, yo te envío». Durante años guardé escondido bajo el colchón un libro de don Massimo que sacaba por las noches cuando pensaba en la vocación. Mientras tanto, entre mucha vida con amigos y compañeros, iba aplazando la decisión organizando veranos en Siria con los franciscanos, un viaje a Costa de Marfil entre los más pobres y visitas a personas sin hogar. Pero había un problema: no tenía paz.
Aquel día de 2019, hablando con Anas, comprendí que si seguía adelante sola con mis propios planes perdería la mejor parte. El Señor no me estaba llamando solo a partir hacia una tierra lejana; me quería más cerca de Él y me prometía la felicidad. Por eso, el próximo 25 de marzo me consagraré a Dios en las Misioneras de San Carlos Borromeo, la preciosa casa que desde siempre estaba preparada para mí.