Vivo en Ol Moran con don Giacomo, otro sacerdote misionero de la diócesis de Venecia, desde hace un mes. Es un pueblo que se encuentra a cinco horas en coche al norte de Nairobi. Estoy aquí para conocer la realidad de las aldeas de las que proceden muchas de las personas que encontramos en la misión en Kenia. Aprovecho también para seguir estudiando y practicando el suajili. Aquí la gente apenas habla inglés y tenemos que usar su lengua. En el pueblo de Ol Moran, de miles de habitantes, se concentra la mayor parte de la población de la zona. La parroquia abarca 1.000 km², casi un tercio de la región del Valle de Aosta. Sabana, algunas tierras cultivadas con maíz y pequeños grupos de casas. En esta zona viven diversas tribus, algunas de ellas aún nómadas, que se dedican al pastoreo.
Además de celebrar misa para las comunidades dispersas en el territorio, me ocupo de acompañar a enfermos y ancianos, tarea que realizamos semanalmente junto con algunas religiosas. La gente se alegra y agradece que vayamos a visitarles. Para mí es una ocasión valiosa para conocerlos y comprender en qué condiciones viven.
Una mañana fui con unas religiosas a visitar a una madre que unas semanas antes había dado a luz en casa a dos gemelas. Algunos feligreses nos habían hablado de ella porque es muy pobre. Vive en una casa de barro, típica de los pokot, una tribu nómada de pastores. Estaba sola con las gemelas. El marido había salido a buscar trabajo y habían enviado a su otro hijo de cuatro años a pedir agua potable. Llevamos algunas verduras y varios recipientes con agua fresca.
Ruth es la más joven de la parroquia, porque acaba de renacer a la fe.
Al día siguiente volvimos y acompañamos a toda la familia a una casa de acogida para lavar a los niños y ponerles las vacunas. El pequeño nunca se había subido a un coche ni se había bañado. Algunas mujeres de la parroquia nos aseguraron que seguirían de cerca a la familia para apoyarles, ayudarles a que los niños fueran al colegio y favorecer su encuentro con la comunidad local, ya que apenas conocen el cristianismo.
Entre los ancianos que visitamos estaba Ruth, una mujer de 83 años. La primera vez que entramos en su casa de chapa sufría dolores por problemas que la obligan a caminar encorvada. Nos dijo que había sido bautizada en una iglesia protestante en la que, sin embargo, el sacramento no es válido. Se había casado con un católico y sus hijos son católicos. Cuando le preguntamos si le interesaba recibir el bautismo, respondió inmediatamente que sí, y lo confirmó en la siguiente visita. Una mujer de la parroquia le dio algo de catequesis en kikuyu, su lengua tribal, porque Ruth no habla suajili. Debido a su edad y a su estado, no esperamos a la Vigilia Pascual. En pocas semanas organizamos el bautismo, que celebré delante de su casa junto con algunos feligreses que la acogieron con cariño. Una mujer comentó en tono de broma que Ruth es la más joven de la parroquia, porque acaba de renacer a la fe.
Estoy muy agradecido de poder ser testigo y también instrumento al servicio de estas cosas tan sencillas como grandes. A veces me vienen a la mente los relatos de los primeros cristianos que se encontraban con personas que nunca habían oído hablar de Jesús. Las circunstancias son distintas, pero aquí hay algo que me interpela y me impulsa a la vida y en mi ser sacerdote, un elemento esencial que, sin embargo, sigue siendo una novedad para mí.