Un cantautor chileno, Nano Stern, describe la tierra latinoamericana como una fiesta de colores. Es una hermosa imagen que recuerda lo que nuestros misioneros han encontrado y encuentran cada día desde hace ya más de 30 años de presencia en esa tierra. Son colores que impactan, sorprenden y a veces desconciertan. América Latina: horizontes sin límites, que van del desierto a las aguas impetuosas del océano, donde los milenarios glaciares de la Patagonia se precipitan desde las altas laderas de la cordillera andina; América Latina, con sus ciudades interminables, en las que la riqueza y la pobreza extrema conviven sin comunicarse; América Latina, como el corazón de 670 millones de hombres y mujeres que, en medio de tantas contradicciones, buscan cada día dar a todos esos colores un sentido que vaya más allá del miedo a la inseguridad, de la violencia, del aburrimiento, del consumismo, de la pobreza humana. Seguramente, cuando los primeros jesuitas y franciscanos llegaron al sur de Chile, la realidad era muy distinta. Sin embargo, la fuerza de su anuncio los impulsó a construir majestuosas iglesias que servían de refugio para quienes, tras haber atravesado mar y tierra, se acercaban con la esperanza de recibir la visita de estos misioneros. Estas iglesias, cuya belleza las ha llevado a ser hoy Patrimonio de la Humanidad, nacieron de una única y gran iniciativa: llevar a Cristo a aquellos lugares donde −como dijo Juan Pablo II durante su visita a Chile− se vive la misma experiencia que vivió Jesús, una vida nueva entre los pescadores.
Nosotros, misioneros de la San Carlos, formamos parte de la estela de la historia que nos ha precedido.
Nosotros, misioneros de la San Carlos, formamos parte de la estela de esta historia que nos ha precedido y que desde hace más de quinientos años no se cansa de anunciar y dar a conocer a Cristo, el único gran artista capaz de reunir en unidad todos esos claroscuros para hacer de ellos una gran obra maestra.
El propio Juan Pablo II, hablando en México en 1979, decía que la Iglesia en América Latina «puede ser signo de unidad en medio de tantas tensiones»: esto es lo que hemos visto y seguimos viendo desde hace muchos años. Pienso en las personas que, en el encuentro con el movimiento Comunión y Liberación, han podido encontrarse entre sí superando las barreras sociales. Pienso en tantos jóvenes chilenos que han comenzado a amar su barrio, su historia, hasta llegar a perdonar a su padre violento y ausente en la alegría del encuentro con el único Padre. Pienso en tantos pobres que, recogidos de la calle, han sido acompañados hasta morir en una de las mejores clínicas de Paraguay, nacida por iniciativa de nuestro padre Aldo Trento. Pienso en nuestros misioneros en Bogotá, que entran en el mundo secular de las universidades públicas y privadas, encontrándose con jóvenes y profesores de toda procedencia, creencia e ideología.
El pueblo latinoamericano es un pueblo que grita ser mirado por Dios.
En cualquier caso, es difícil describir la singularidad cultural y social del corazón de las personas que encontramos, más aún en este momento en que los pueblos se han mezclado en una uniformidad cada vez mayor, favorecida por las redes sociales. Sin embargo, hay algo que no deja indiferente: una profunda religiosidad que se expresa en un deseo de bendición. Todos quieren ser bendecidos y quieren que todo sea bendecido. Es un pueblo que grita ser mirado por Dios. Es un pueblo que busca el amor del Padre, cuyos rasgos, por desgracia, a menudo desconoce. Pero es precisamente esta sed y este clamor los que hacen de esta tierra una tierra fecunda, capaz de reconocer al instante el más pequeño signo de ese Amor que esperan y que enseguida, con sencillez, abrazan. Lo más bonito para nosotros, misioneros en Sudamérica, es aprender poco a poco a vivir esa misma mirada, que nos hace redescubrir cada día la belleza y la grandeza de la Gracia que llevamos con nosotros.