La fuente de la amistad

La experiencia de unidad entre hermanos que viven alejados unos de otros, al igual que les ocurrió a los discípulos enviados por Cristo, surge en su reencuentro en torno al Maestro. Un relato del retiro de sacerdotes en formación.

PELLINI varigotti aprile
Algunos sacerdotes de la Fraternidad durante un retiro en Varigotti.

Nada más llegar a Varigotti, nos dirigimos a cenar. Stefano, de Turín, me invita a sentarme en su mesa. Desde hace años vive en Washington, donde está realizando un doctorado en Filosofía. Con nosotros también se sientan otros. Está Daniele, de Brianza, que dirige un pequeño hospital en Nairobi, Kenia. A su derecha se encuentra Javier, mexicano que vive en Alemania. Y, por último, Andrew, de origen coreano, canadiense y actualmente destinado en Budapest, donde trabaja en la pastoral universitaria.

Escenas como esta son habituales durante el retiro de sacerdotes en formación de la Fraternidad San Carlos, al que informalmente llamamos encuentro de los «jóvenes sacerdotes». Cada año, durante la primera mitad de febrero, todos nuestros misioneros ordenados en los últimos cinco años regresan a Italia para compartir una semana de formación. Esta vez no faltó nadie: veinticinco jóvenes sacerdotes que desarrollan su misión en cinco continentes distintos.

El programa fue muy intenso. Durante los primeros días decidimos abordar una cuestión de gran actualidad: la influencia de la tecnología en nuestra vida, en nuestras comunidades y en nuestras relaciones. Hablamos sobre el uso −o el abuso− de las herramientas tecnológicas, pero también sobre las propuestas que podemos ofrecer a los jóvenes y a las familias con las que convivimos. Hubo asimismo espacio para reflexionar sobre la Inteligencia Artificial, tratando de comprender sus posibilidades, sus límites y los riesgos que plantea.

La verdadera fuente de nuestra amistad es el hecho de que Cristo nos ha llamado y nos ha enviado.

Más adelante abordamos cuestiones más directamente relacionadas con la vida sacerdotal: qué significa acoger a personas alejadas de la Iglesia o que regresan después de mucho tiempo; cuál es nuestra experiencia del sacramento de la reconciliación; o cómo preparamos nuestra predicación.

Así, durante toda una semana, pudimos escuchar los testimonios y experiencias de nuestros hermanos. Conversaciones que continuaban también en los momentos de descanso, durante las comidas, paseando junto al mar o tomando un café. Lo que más me hizo estar agradecido no fue la diversidad ni la belleza de los testimonios, sino reconocer una vez más que mis hermanos y yo formamos una sola realidad, aunque vivamos a miles de kilómetros de distancia y hablemos lenguas diferentes.

Es la misma experiencia que vivieron los discípulos de Jesús cuando, después de haber sido enviados de dos en dos a la misión, regresaron a Él. Reunidos de nuevo en torno al Maestro, llenos de alegría y asombro, compartieron entre sí las maravillas que habían visto acontecer: curaciones, milagros, conversiones. Cabe imaginar qué profunda unidad y amistad experimentaron al descubrir con claridad que participaban de una misma llamada y de una misma misión, que habían sido elegidos para transmitir aquello que verdaderamente salva al hombre. Su alegría no provenía de los prodigios en sí, sino de la experiencia de pertenecer a esa única amistad que tiene el poder −y, en cierto sentido, la responsabilidad− de transformar el mundo.

Pues bien, dos mil años después, en Varigotti, nos ha sucedido algo semejante. Reunidos en torno al Maestro, compartiendo los prodigios que hemos visto realizarse, hemos redescubierto y gozado de la verdadera fuente de nuestra amistad: el hecho de que Cristo nos ha llamado y nos ha enviado juntos para una misma tarea: anunciarLo a todos los pueblos.

Contenido relacionado

Ver todo
  • Testimonios

En el corazón de Praga

En plena ciudad, un lugar de paz y belleza donde volver a descubrir la relación con Cristo.

  • Marco Basile
Leer