La misión del frutero ateo

En una remota aldea colombiana, una semana de misión para los universitarios (y un frutero) de Bogotá.

Zardin sidoti Bogotá Missione CLU El Vergel 2025 06
Andrea Sidoti y Carlo Zardin con los jóvenes del CLU en la aldea de El Vergel.

Cita a las siete de la mañana frente a la iglesia, todos presentes. 15 jóvenes universitarios de Comunión y Liberación (CLU). Entre ellos también está Juan David, que, por el contrario, es frutero y se declara ateo. Estamos a punto de salir de misión a una remota aldea de Colombia. Estaremos ahí una semana. Más que salir de la pobreza, a los jóvenes de esas zonas les faltan perspectivas de futuro, por lo que es fácil que sean reclutados por la delincuencia, incluso como sicarios.

Conocimos a Juan David porque acompañaba a su hermana al grupo de niños de la parroquia. Empezó a participar en los encuentros de jóvenes y enseguida nos cogió cariño, sin ocultarnos sus  planes desordenados de los sábados por la noche y, sobre todo, el hecho de que no cree en Dios. Cuando rezamos, permanecía serio, pero no participaba.

Al terminar la secundaria, le propusimos, con algo de temor, pasar al grupo de universitarios. Un frutero entre estudiantes de algunas de las universidades más prestigiosas de Colombia…Juan David aceptó. Nunca iba a caritativa ni a la Escuela de comunidad, pero siempre pasaba a saludar.

Dios nos ha regalado una amistad que nos pone a todos de rodillas ante Él.

En mayo lo invitamos a la misión que estábamos organizando junto con los chicos del CLU.

Después de once horas en coche y una más —17 personas en un jeep, algunos sentados en el techo—, llegamos al pequeño pueblo que nos acogía. La misma noche de nuestra llegada nos contaron que en el pueblo vecino un joven había sido asesinado en un ajuste de cuentas. Celebramos la misa en la sacristía, debido a la música ensordecedora de los locales de la plaza, que desde el viernes por la noche hasta el domingo “animan” las noches del pueblo.

El dueño de la gran empresa agrícola que da trabajo a gran parte del pueblo nos abrió las puertas de su casa, poniéndonos a disposición una casa para huéspedes, más que suficiente. Todos los días alguien pasaba a recogernos en una camioneta y nos llevaba a la plaza del pueblo. Allí, en un pequeño restaurante desayunábamos, comíamos y cenábamos por pocos euros. Después rezábamos juntos los Laudes e introducíamos la jornada siguiendo la provocación del título elegido para esos días: “¿Para qué sirve la vida sino para entregarla?”. Luego realizábamos las actividades con los jóvenes del lugar. El director del colegio de la aldea nos abrió las puertas del instituto. A los estudiantes mayores les hablábamos de la felicidad; con los más pequeños, por la tarde, jugábamos en la plaza. Después invitábamos a todos a misa. La jornada de misión terminaba con media hora de silencio y las vísperas.. Entregábamos a Dios todo lo vivido y los rostros de los jóvenes a los que habíamos conocido.

Durante toda la semana, Juan David estuvo contento. Con curiosidad, le preguntó a su compañero de habitación qué leía antes de dormir: “Rezo Completas”. A partir de ahí, empezaron a rezarlas juntos todas las noches.

Terminamos la misión celebrando la misa en el santuario de la “Virgen de la pobreza”, una imagen milagrosa de una ciudad cercana, ante la cual fuimos a rezar de rodillas después de la misa. También Juan David se arrodilló con nosotros. Rezamos por la madre de una de las chicas del CLU, enferma de cáncer. Permanecimos en silencio, con el corazón lleno de gratitud por todo lo que habíamos vivido, por todas las personas a las que habíamos conocido y por la amistad que Dios nos regaló vivir entre nosotros, una amistad que nos lleva a todos de rodillas ante Él. Concluimos cantando juntos Romaria. Pero al cantar ciertas palabras de la canción, pensaba especialmente en Juan David:

Me dijeron, sin embargo, que viniera aquí,
en peregrinación,
para pedir paz en las desgracias.
Pero como no sé rezar,
vine simplemente a mostrar
mi mirada.

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