Hace aproximadamente un año recibimos una llamada inesperada. Una mujer nos preguntó, casi disculpándose, si estaríamos dispuestas a conocer a su hijo, que quería a toda costa conocer monjas y que, por ese motivo, no dejaba tranquilos ni a sus padres ni a sí mismo.
Jeff (nombre ficticio) es un niño de doce años, con una mata de pelo rizado color zanahoria, dos ojos vivaces y curiosos, y una impaciencia y una insistencia inquebrantables. Padece un síndrome poco frecuente que, además de ocasionarle problemas de salud física, es causa de un retraso cognitivo y de importantes problemas de conducta.
Sus padres no son creyentes y Jeff apenas sabía nada de la fe ni de la Iglesia. Pero cuando murió su abuela paterna, quedó profundamente afectado y empezó a pedir insistentemente poder conocer a unas religiosas. Nadie sabía exactamente por qué; probablemente su abuela le había hablado de las monjas en alguna ocasión. Sus padres, vencidos por la insistencia de Jeff, comenzaron a buscar y, un día, él y su padre se aventuraron por los alrededores de la catedral de Grenoble en busca de una comunidad religiosa.
Dios se sirve de nosotros: solo hace falta estar disponibles.
Se encontraron por casualidad con un amigo español que conocía a los sacerdotes de la Fraternidad de San Carlos en Madrid. Impresionado por la determinación de Jeff, les dio nuestro número de teléfono. Y así fue como la madre de Jeff se puso en contacto con nosotras. Lo invitamos a merendar en nuestra casa. Jeff estaba tan emocionado que él solo se acabó un paquete entero de galletas. Después nos hizo varias preguntas, especialmente sobre su abuela («¿dónde está ahora?») y sobre sus compañeros («¿qué puedo hacer en el colegio para no hacer las cosas malas que otros niños me dicen que haga?»). Le propusimos participar en Mercredi chez les sœurs, el grupo de niños con el que nos reunimos cada semana en nuestra casa para jugar, cantar y descubrir la belleza de la fe. Para Jeff no es fácil seguir una propuesta ni estar con los demás niños, pero decidió intentarlo. Desde el primer día quedó fascinado. Se encariñó con el grupo y ahora está encantado de venir siempre que puede, siempre que sus revisiones médicas se lo permiten. Los demás niños también le han tomado cariño y se han acostumbrado a él, incluso a sus reacciones peculiares: si alguna vez falta, siempre hay alguien que pregunta por él. Y Jeff, por su parte, no deja de pasar lista de los que no han venido.
Su deseo de conocer a Dios no se limita a las religiosas. Hace unos domingos, al entrar en una iglesia del centro de la ciudad, nos recibió la pequeña nube de rizos pelirrojos de Jeff, que vino corriendo hacia nosotras y exclamó, lleno de alegría: «¡Ah, las monjas!». Así descubrimos que, desde hace algún tiempo, una prima de su madre se ha ofrecido a acompañarlo a misa para responder a su deseo.
Es misterioso el modo en que Dios sale a nuestro encuentro y encuentra caminos imprevisibles para darse a conocer. Dios se sirve de nosotros; solo hace falta estar disponibles. Y, finalmente, agradecidos.