Caminando hacia el Señor

Diecinueve universitarias recorren la Vía Francigena acompañadas por sor Giulia y sor Alina: un camino lleno de espera, hasta darse cuenta de que realmente «Dios te ama».

Via francigena
Via Francigena (Viterbo-Roma).

El pasado mes de septiembre, sor Alina y yo, junto con diecinueve universitarias, hicimos una caminata de cinco días desde Viterbo a Roma, a lo largo de la Via Francigena. La noche antes de la partida, durante la cena, cada una de las chicas compartió el motivo por el que había decidido hacer el camino: la gratitud por el año pasado, junto con el deseo de encomendar el nuevo año y su vocación; la necesidad de un gesto específico para pedirle a Dios no ser la dueña de su vida y aprender a abandonarse; la entrega de un ser querido que sufre mucho. Por último, el deseo de conocer mejor a Jesús. Esa primera cena, junto con la asamblea final que concluyó nuestro gesto, me dejaron la impresión de encontrarme en un lugar privilegiado y sagrado: en el corazón de cada una de ellas, cargado de deseos y expectativas.
Así que nos pusimos en marcha: mochila al hombro, un mapa, una cruz hecha con ramas recogidas por el camino y libritos para cantar. También propusimos a las chicas rezar juntas la Liturgia de las Horas y el rosario, participar en la Santa Misa y escuchar, durante el camino, pasajes seleccionados del Evangelio que nos ayudaran a entrar en la vida cotidiana del Señor.
Hemos vivido días sencillos pero intensos, hemos caminado por valles y bosques, atravesando pueblos y alguna carretera con tráfico. Ha habido tiempo suficiente para conocernos: en los momentos de fatiga, como durante una subida bajo el sol del mediodía, es más fácil ser sinceras y auténticas. Todas sentimos una profunda gratitud por estar juntas, porque el sacrificio compartido es más ligero, y, como dijo una de ellas, «cuando solo piensas en tus pies doloridos, ver a una amiga que, en cambio, mira hacia adelante, hacia la cruz, te ayuda a levantar la vista».

Una de las chicas nos dijo que la revolución que había vivido había sido descubrir que es bonito despertarse sabiendo que tienes una tarea.

Cada una de nosotras tenía una tarea: una entonaba los cantos, otra hacía la compra, había quien ponía la mesa, quien llevaba las cuentas… Una de las chicas, durante la asamblea final, nos dijo que la revolución que había vivido había sido descubrir que es bonito despertarse sabiendo que tienes una tarea y que cada uno de nosotros, con sus dones y sus límites, es un bien, porque todo puede ser ofrecido y transformado.

Una de las imágenes más bellas que todas nos llevamos es la de la cruz que siempre abría nuestro camino: cada día la íbamos adornando con flores frescas y coloridas. «Hemos trabajado duro», dijo otra de ellas, «pero la promesa es la cruz gloriosa, como la nuestra, que al principio estaba desnuda y cada día se volvía más hermosa».

Otra experiencia intensa que vivimos juntas fue el seguimiento de Jesús a través de la lectura del Evangelio. Al final de nuestros días juntos, una chica nos dijo que nunca había vivido realmente lo que solemos repetirnos: «Dios te ama». Sin embargo, seguir a Jesús paso a paso, sumergiéndonos en su incansable pasión por el hombre, dio cuerpo a este amor, hasta tal punto que «cuando estaba en la capilla rezando ante el Santísimo, sentí que estaba ante Dios en persona».

Finalmente llegamos a San Pedro, cansadas, felices y agradecidas. Al pasar por la Puerta Santa, entonamos un canto que termina así: Iesu, sive vivo sive morior tuus sum. «Oh Jesús, tanto si vivo como si muero, soy tuya». Que este camino sea el comienzo de una nueva relación con el Señor.

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