Monseñor Camisasca dice que «cuando la Fraternidad San Carlo abrió una casa en Siberia, parecía el punto más alejado posible, tanto a nivel geográfico como por la tragedia humana que allí se vivía. Pero esa distancia no es nada en comparación con lo que se vive en Taiwán: una tierra que espera una enorme cantidad de agua para reabastecerse, para resurgir».
Es una observación valiosa que ayuda a hacerse a la idea de este grupo de sacerdotes que, entre otras tareas, se reparten el trabajo de dos parroquias −San Francisco Javier y San Pablo− y de algunas cátedras universitarias de la Universidad Católica de Taipéi.
En este rincón asiático que China considera suyo y que desde hace seis mil años espera que Cristo impregne su cultura, hablar con estos cinco sacerdotes es, sobre todo, escuchar historias de hombres, mujeres, jóvenes y niños que han conocido y a los que ahora llaman por su nombre. Rostros, no cifras. Don Emanuele Angiola, que da clases de italiano en la Universidad Católica, dice: «Los jóvenes que he ido conociendo se sorprenden de que recuerde los nombres de cada uno de ellos». La luz del despacho de don Emanuele siempre está encendida. Los estudiantes miran, llaman a la puerta y entran. Saben que hay una persona dispuesta a escucharles.
Se siembra a largo plazo, cuando brota una flor es como un milagro.
«Los jueves por la noche, con unas quince personas, hacemos un raggio temático (un grupo de conversación). Salen preguntas sobre la libertad, el deseo, el sentido del estudio y de la vida, y de la muerte». Preguntas que aquí en Taiwán rara vez se plantean, porque a menudo se consideran inútiles, incluso en el seno de las familias. Casi ninguno de los participantes es católico. Se siembra a largo plazo, cuando brota una flor es como un milagro. «Allegra», continúa don Emanuele, «eligió este nombre para su bautismo. Un camino que duró unos diez años, entre la fascinación y las dificultades. Pero en la vigilia de los movimientos en San Pedro, fue ella quien leyó en público la única intención en chino de la oración de los fieles».
En un país donde los católicos son menos del 1% de la población y la oferta religiosa es muy variada, convertirse a Cristo significa cambiar de mentalidad. Al igual que les sucedía a los primeros cristianos, también a los fieles de Taiwán se les puede dirigir la invitación de San Pablo: ¡Mè syschematizesthe!, no seáis esquemáticos, rígidos (Rm 12,2). No es una tarea fácil en un país con un gran orgullo identitario, donde el extranjero sigue siendo sutilmente percibido ajeno a la cultura milenaria china.
No todos aceptan el reto, pero algunos lo intentan. «Pixie y Domingo», cuenta don Paolo Costa, «son dos jóvenes recién casados que tienen una niña de un año y medio. Normalmente, aquí los bebés se dejan con los abuelos o los tíos para que los padres puedan trabajar y ganar todo lo posible. No es raro que los niños no vuelvan a ver a su familia de origen hasta que terminan la educación obligatoria. Pixie y Domingo, en cambio, tras conocer nuestra experiencia, tomaron una decisión opuesta. Aprovechando al máximo las posibilidades legislativas y asumiendo fuertes reducciones salariales, primero ella y luego él pidieron seis meses de excedencia para poder estar junto a su hija durante su primer año de vida».
En la sociedad china se evitan los contactos físicos, como los abrazos o los apretones de manos. No es raro que los occidentales cometan errores en este sentido. El párroco don Antonio cuenta: «Durante la fiesta de nuestra parroquia de San Pablo tres chicos recibieron la confirmación. En Zhao, uno de los tres, llevaba un tiempo desaparecido. Entonces, don Martino y algunos del grupo de jóvenes fueron a buscarlo. Él, sorprendido por la generosidad del gesto, regresó. “El día más bonito de mi vida”, comentó. En el momento de recibir el sacramento, vi con gran asombro cómo En Zhao estrechaba la mano del padrino apoyada sobre su hombro. Un gesto normal para nosotros, pero absolutamente revolucionario para un chino». El encuentro cristiano es un encuentro personal que se manifiesta a través de las celebraciones en la parroquia, las escuelas de comunidad (hay cinco en toda la isla), la caridad, pero también en cenas, cantos y momentos de fiesta. Cuarenta personas participaron en los recientes ejercicios de CL. En un país muy individualista pero interiormente frágil, la misión de la Fraternidad San Carlos recuerda ese grano de mostaza del que habla el Evangelio: pequeño en apariencia, pero con un potencial infinito.