«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí…»

L’omelia del Superiore Generale della Fraternità san Carlo per la prima messa del novello sacerdote don Giovanni Ferrari.

SANCARLO 2026 516 opt
Primera Misa de Giovanni Ferrari. Basílica de Santa María in Domnica, Roma, 28 de junio de 2026.

Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que le insistió en que se quedase a comer; y, desde entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba.Ella dijo a su marido: «Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos.Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse».Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó,y dijo a Guejazí, su criado: «Llama a esta sunamita». La llamó; ella vino y se quedó de pie ante él.Eliseo dijo entonces a su criado: «Dile: Te has tomado todas estas molestias por nosotros…, ¿qué podemos hacer por ti?; ¿hemos de hablar en tu favor al rey, o al jefe del ejército?». Respondió ella: «Yo vivo tranquila entre las gentes de mi pueblo». Tras irse se preguntó Eliseo: «¿Qué podemos hacer entonces por ella?». Respondió Guejazí: «Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano». Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada. Eliseo le dijo: «El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo». 
Segundo libro de los Reyes (4,8-16).

Siempre es una alegría llegar a este momento del año, que culmina con la ordenación de nuestros hermanos más jóvenes. Durante la solemne liturgia en la que son consagrados, hay un momento que siempre me conmueve profundamente: cuando los recién ordenados son ayudados a revestirse por primera vez con los ornamentos sagrados.

Ayer, mientras se repetía ese gesto, contemplaba la belleza de la dalmática con la que fue revestido Alessandro. Parecía el uniforme militar de otra época, casi una armadura. Y lo mismo sucedía con la casulla que vistió Giovanni, una vestidura regia que expresa la dignidad del munus sacerdotal. Estos ornamentos son el signo de una humanidad renovada en Cristo, revestida de Él de un modo enteramente nuevo y singular. Son signo del hombre nuevo, del carácter −empleando el término de la teología− que ayer fue conferido a nuestros dos hermanos mediante el sacramento que recibieron.

Quiero expresar, por tanto, la inmensa alegría que siento por ellos y, al mismo tiempo, dar las gracias a todos los que los han acompañado a lo largo de su camino de formación. Como podéis imaginar, el cuidado que dedicamos a esta tarea educativa tiene como finalidad que los jóvenes que ingresan en la Fraternidad puedan abrazar su vocación con plena libertad y conciencia. Deseamos que, al llegar ante el obispo que va a consagrarlos, puedan pronunciar un «sí» convencido a Cristo desde lo más profundo de su corazón y asumir un compromiso definitivo. Es una labor a veces exigente, pero siempre hermosa, sobre todo porque nos permite compartir la vida durante algunos años, hasta que el conocimiento mutuo se hace profundo y nacen amistades duraderas.

Por todo ello quiero dar hoy gracias al Señor junto con vosotros.

Somos acogidos como hombres de Dios. No por nuestra santidad personal, sino por la realidad santa que representamos.

Hoy la liturgia nos propone un bellísimo episodio tomado del Segundo libro de los Reyes. Es, sin duda, un relato extraordinario, que nos ayuda a comprender cómo entiende la Fraternidad San Carlos la misión y cómo deseamos vivirla concretamente. En él se describe una dinámica que se repite cada vez que un misionero llega al lugar al que ha sido enviado. Me refiero a la profunda familiaridad que nace entre un hombre de Dios (cf. 2 Re 4,9) y las personas que lo acogen, le abren las puertas de su casa y ponen a su disposición cuanto tienen para sostenerlo en su misión. En el relato bíblico, un matrimonio acomodado decide construir en la planta superior de su casa una nueva habitación y amueblarla con una cama, una mesa, una silla y una lámpara (cf. 2 Re 4,10). Eliseo ya había compartido muchas veces su mesa durante sus viajes. Ahora la mujer insiste en que disponga de un espacio reservado para que pueda orar, meditar, escribir y descansar. La sencillez de este cuarto revela un cuidado atento, el deseo de ofrecer al profeta un lugar acogedor. Para que cuando venga, pueda retirarse, dice la mujer a su marido al presentarle su idea. Y es igualmente significativa la razón que le da: Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos (cf. 2 Re 4,9).

Esta es también una experiencia que nosotros vivimos. Allí donde somos enviados, también nosotros somos cuidados y atendidos. Somos acogidos con la misma solicitud que recibió Eliseo, no porque seamos personas importantes o especiales, sino por lo que llevamos con nosotros, por el afecto que los cristianos tienen hacia el hecho de que Dios nos haya elegido. Somos acogidos como hombres de Dios. Ante todo, no por nuestra santidad personal, sino por la realidad santa que representamos. Y, sin embargo, esa estima inicial termina abrazando también concretamente a nuestra propia persona. Cuántas veces, incluso en estos días, he podido comprobar con mis propios ojos este tipo de relaciones en torno a nuestros hermanos misioneros. Las amistades que nacen de este modo, cuya razón es la fe, poseen un tono singular, profundísimo. La gente nos mira con familiaridad y respeto. Los mayores nos cuidan con un afecto paterno o materno; los más jóvenes nos ofrecen la confianza propia de un hijo o de un hermano. Y a través de toda esa riqueza de sentimientos humanos se manifiesta la veneración que corresponde a las cosas de Dios.

Esta experiencia, que se repite una y otra vez, encierra ante todo una llamada para nosotros, los misioneros. Las amistades que recibimos como don por el simple hecho de pertenecer a Dios son sagradas, y Dios nos pide que cuidemos, a nuestra vez, de quienes cuidan de nosotros. También es un motivo de consuelo para los padres, las madres y todas las personas que han acompañado durante tantos años la vida de estos jóvenes sacerdotes y que ahora los ven irse lejos de ellos.

Queremos vivir la misión construyendo en Cristo nuevas relaciones familiares, implicándonos profundamente en la vida de las personas que encontramos.

Hay una segunda experiencia.

La relación que nace con las personas que encontramos en la misión llega hasta lo más íntimo de su existencia. En el relato bíblico, el profeta entra en contacto con el drama de una mujer que, casada con un hombre ya anciano, ha perdido toda esperanza de tener un hijo. Agradecido por las atenciones con que ha sido recibido (cf. 2 Re 4,13), Eliseo se interesa por la situación de esta familia. ¿Qué puede haber más hermoso y natural que participar de la vida de quienes nos han abierto su casa? Hace llamar a la mujer y le pregunta qué puede hacer por ella. Quizá quiera presentar alguna petición al rey de Israel o al jefe del ejército. Ella esquiva la pregunta; asegura que está bien y que vive tranquila entre los suyos. Pero Eliseo insiste y, cuando descubre el deseo que ella ya ni siquiera se atreve a expresar, le promete solemnemente, en nombre de Dios, que antes de un año tendrá un hijo.

La historia continúa de manera dramática. El niño nace y crece sano durante un tiempo. Pero un día, mientras está en el campo con su padre, se siente indispuesto; lo llevan de regreso a casa y muere poco después en brazos de su madre. La mujer vuelve a encontrarse impotente ante un destino que parece empeñado en frustrar su deseo de maternidad.

Entonces, sube a la habitación de arriba, acuesta al niño sobre el lecho del hombre de Dios (cf. 2 Re 4,21) y corre a buscar al profeta. Lo encuentra en el monte Carmelo, donde está orando. Le suplica que vaya a su casa. Al principio Eliseo se resiste; preferiría no abandonar su retiro, pero finalmente accede. Va con ella, ora y obtiene de Dios que el niño vuelva a la vida. La Escritura presenta a Eliseo como un hombre de carácter áspero, acostumbrado a largos tiempos de retiro y oración. No busca ocasiones para hablar con la gente ni la vida social; ama el silencio y no es alguien que conceda fácilmente su confianza, y menos aún a una mujer. Sorprende, por eso, la docilidad con la que acompaña a aquella madre afligida. Sorprenden también su perseverancia y su insistencia al implorar la gracia de Dios.

Primero envía a su criado para que coloque su bastón sobre el cuerpo del niño, pero no sucede nada. Después acude él mismo a la casa, ora y se tiende sobre el pequeño cuerpo ya frío. Junta sus manos con las del niño, sus ojos con los suyos y su boca con la suya. Poco a poco el cuerpo comienza a entrar en calor, aunque sigue inmóvil. Eliseo sale entonces de la habitación y camina de un lado a otro por la casa, como si necesitara recuperar fuerzas tras un gran esfuerzo. Finalmente vuelve a subir, se inclina de nuevo sobre el niño y obtiene su plena resurrección, que despierta como quien sale de un sueño profundísimo (cf. 2 Re 4,29-35).

Este relato, tan rico en detalles, muestra, por una parte, la inmensa confianza que aquella madre había llegado a depositar en el profeta. Se atreve a pedirle lo imposible. Su protesta ante la muerte del hijo anticipa las palabras con las que Marta y María pedirán a Jesús la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11,21-32). Pero el relato manifiesta también el profundo afecto que Eliseo siente por la familia que lo acoge. Y eso anticipa igualmente las lágrimas de Jesús por sus amigos de Betania antes de responder a la petición de las dos hermanas (cf. Jn 11,35).

También esta es una experiencia que nosotros vivimos. También nosotros llegamos a querer profundamente a las personas y a las familias que nos reciben en los lugares de misión. Compartimos sus alegrías y sus sufrimientos como si fueran los de nuestra propia familia. Realmente se cumple para nosotros la promesa de Jesús: «no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más −casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras» (Mc 10,29-30). Más aún, el dinamismo propio de la misión consiste precisamente en esa multiplicación, en ese ciento por uno de relaciones familiares allí donde somos enviados. Queremos vivir la misión construyendo en Cristo nuevas relaciones familiares, implicándonos profundamente en la vida de las personas que encontramos y haciendo nuestros los afectos y los lazos de quienes nos acogen. Así vivió Jesús su propia misión y así nos enseña a continuarla.

Cristo no nos quita nada de lo que hemos recibido en el orden natural. Lo lleva todo a una dimensión nueva.

Sobre este trasfondo, la Iglesia nos invita hoy a escuchar de nuevo unas palabras de Jesús que resultan desconcertantes. Las dirige a los discípulos que envía a las aldeas de Galilea y siguen interpelando a los misioneros de todos los tiempos. Cada uno de nosotros, de un modo u otro, ha sentido en ellas una llamada que le alcanzaba en lo más hondo y le urgía a tomar una decisión. No queremos, por tanto, rebajar su alcance ni suavizar su contenido. Queremos descubrir la promesa positiva que encierran.

Jesús dice: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí (Mt 10,37).

Estas palabras pueden sonar duras, especialmente para nuestros oídos acostumbrados al formalismo de lo políticamente correcto. Solo podemos penetrar en el sentido de esta provocación de Jesús sino desde la fe, es decir, respondiendo a una pregunta decisiva: «¿quién es el que las pronuncia?». ¿Quién puede disponer de ese modo de los afectos de otra persona? ¿Quién puede atribuirse el derecho de exigir semejante cosa y afirmar que quien no la cumpla no es digno de él? ¿Quién puede reclamar para sí el lugar que ocupan los vínculos fundamentales de la vida, aquellos que nos constituyen no solo física, sino también psicológica, cultural y espiritualmente? ¿Quién pretende reemplazarlos?

Solo Dios puede hacerlo. Solo Dios puede situarse como alternativa a los vínculos familiares, de la historia que nace de la carne y de la sangre.

Pero, en realidad, Dios no se sitúa como alternativa a los afectos y relaciones fundamentales de la persona a la que llama. Durante estos años hemos reflexionado muchas veces sobre ello junto con los padres de nuestros seminaristas y sacerdotes. Y hemos descubierto que, aunque al principio pueda resultar difícil aceptarlo, al final es hermoso rendirse a esa realidad más grande en la que Cristo quiere introducirnos. Para los padres y los hermanos de quien Cristo reserva para sí, Dios prepara una manera nueva de ser padre, madre, hermano o hermana. Una forma más profunda y más amplia, que no pierde nada de lo que la naturaleza ha regalado, sino que lo contiene y lo supera. Lo transfigura.

¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? (Mc 3,33). Esta pregunta que Jesús dirigió a su madre y a sus parientes nos concierne también a nosotros. ¿Quiso acaso disminuir el valor de aquellos vínculos? ¿Pretendía declararlos superados para sustituirlos por otros más interesantes? Todo lo contrario. Aquel día Jesús invitó a sus hermanos según la carne a unirse a sus hermanos según la fe. Los invitó a entrar en la nueva familia que estaba fundando: una familia sin fronteras, universal. Ese mismo día dijo a su madre la palabra que volvería a dirigirle desde la cruz: que sería madre de todos los cristianos y de todos los hombres.

Esta es, pues, la promesa que hoy el Señor dirige también a vosotros, padres. Seguiréis siéndolo, pero dentro de una familia mucho más grande. En vuestro hijo recibiréis muchos otros hijos, y vuestra paternidad y maternidad aumentarán y se dilatará. Y también vosotros, hermanos, hermanas y amigos de estos nuevos enviados de Cristo, seguiréis siendo lo que sois para ellos, pero en un horizonte que, gracias a la misión que reciben, se abre también para vosotros al mundo entero. Cristo no nos quita nada de lo que hemos recibido en el orden natural. Lo conduce todo a una nueva dimensión.

Contenido relacionado

Ver todo
  • Testimonios

Ganarlo todo, por fin

De Reggio Emilia a México, pasando por Roma: la historia de Giovanni Ferrari, ordenado sacerdote el pasado 27 de junio.

  • Giovanni Ferrari
Leer
  • Meditaciones

Una nueva familia

Homilía de Mons. Massimo Camisasca con ocasión de las ordenaciones diaconales y sacerdotales de la Fraternidad San Carlos.

  • Massimo Camisasca
Leer