Quien ha sido herido por la muerte, quien sufre la pérdida de un bien precioso, no puede ser consolado si ese dolor no es contemplado hasta el fondo junto con él. Intentar consolar sin partir del sufrimiento que esa persona experimenta es como poner una tirita a alguien que ha sido atravesado por una espada. La razón por la que nos parece imposible consolar está precisamente en la profundidad de esa herida, un abismo en el que no estamos dispuestos a adentrarnos.
Hay un pasaje del libro del profeta Jeremías que me ha llamado la atención últimamente. El contexto es la deportación del pueblo de Judá por el imperio babilónico. Antes de ser llevados a Babilonia, los habitantes de Jerusalén son conducidos a las cercanías de Belén, a un lugar llamado Efratá. Allí se encuentra la tumba de Raquel, la amada esposa de Jacob. Raquel había muerto en ese mismo lugar después de dar a luz a Benjamín, el último de los doce hijos de Jacob. Es precisamente allí, junto a la tumba de Raquel, donde los babilonios reúnen a los judíos destinados al exilio, los encadenan, los reducen a la esclavitud y los deportan lejos de su tierra.
En ese momento es Dios mismo quien habla: «Se oye una voz en Ramá, lamento y llanto amargo: Raquel llora por sus hijos y no quiere ser consolada, porque ya no existen». Es el mismo versículo que el evangelista san Mateo citará más tarde al relatar la matanza de los inocentes. Jeremías, testigo directo de aquella tragedia, vio en ella el fin de toda promesa, el fin de Jerusalén, el fin de la historia de la presencia de Dios entre nosotros. O, al menos, eso parecía…
«No es desesperación, sino dolor vivido en compañía del Señor».
Sin embargo, es precisamente en Ramá donde Dios hace oír su voz. Él mismo entra en el drama de lo que está sucediendo. No dice que lo resolverá todo porque Él es el Señor de la historia. Sin duda lo es, pero no lo afirma sin antes haber entrado en el drama de Raquel, que no quiere ser consolada; en el llanto de su pueblo; en la pérdida de unos hijos que ya no están. Para consolar a su pueblo, el Señor quiere primero descender hasta el fondo mismo del dolor que está experimentando.
Pero la participación de Dios en nuestro sufrimiento no se agota en las palabras transmitidas por Jeremías. ¿Qué es, en efecto, la encarnación del Hijo de Dios, Jesucristo? No viene a consolarnos invitándonos simplemente a no llorar, a estar tranquilos porque Él domina todas las cosas. Antes quiere entrar con nosotros en el drama de la pérdida para acompañarnos hasta el fondo y aún más allá, hacia el destino al que conduce nuestra historia con Jesús: el sepulcro y la resurrección. Nada queda fuera. Nada.
San Atanasio, uno de los grandes Padres de la Iglesia del siglo IV, escribió: «No se puede salvar lo que no ha sido asumido». Lo que Dios no asume en sí mismo no puede ser salvado; pero aquello que Él asume pasa a formar parte de su historia de gloria: también la cruz, también la pérdida, también la misma muerte. Y eso me consuela profundamente.
Dios no nos ahorra nada. Por eso, ¡ay de quien pretenda ahorrarnos el dolor! Eliminar el dolor de quien ha perdido un tesoro significaría arrancarle también el vínculo que lo unía a ese tesoro. La esperanza no nace de eliminar el sufrimiento, sino de la posibilidad de descubrir su sentido.
Podemos llorar con Raquel porque sus hijos ya no están sin caer en el sinsentido, porque también esa realidad ha sido asumida por Jesús mediante su encarnación, su muerte y su resurrección.
La actitud propia del cristiano no es la desesperación, sino el dolor vivido en compañía del Señor; un dolor que le pregunta a Él por su sentido y que, precisamente por eso, se convierte en camino de salvación para nosotros y para el mundo entero.