En tres palabras, el abrazo del Misterio

Los tres pilares que sostienen y definen la Fraternidad San Carlos.

20250826 Nairobi Vacanze CLU (Ol Moran)
Don Tommaso Benzoni durante su estancia en El Moran (Kenia), una semana de misión organizada junto con un grupo de universitarios de Nairobi.

Don Giussani, al hablar de la oración del Ángelus, que se reza por la mañana, al mediodía y por la tarde, decía que su contenido constituía los tres pilares sobre los que se sostiene el arco del día. Sobre cada pilar recae, también físicamente, el peso del puente. Son momentos en los que podemos redescubrir que, en el fundamento de todo, hay algo que va más allá de lo humano. Nuestra vida se apoya en la iniciativa de Dios, que habita entre nosotros.

La Fraternidad San Carlos también está construida sobre tres pilares y se sostiene gracias a ellos. En su base, por así decirlo, se encuentra la acción constante de Dios.

Los pilares son las tres palabras que aparecen en nuestro nombre oficial y que a menudo se omiten cuando se abrevia, sencillamente, como «la San Carlos». Nuestro nombre completo es Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo, y sus tres pilares son precisamente estos: fraternidad, sacerdotal y misionera. Don Massimo siempre nos ha enseñado que también el orden en que aparecen estas tres palabras es importante para comprender quiénes somos. Ante todo, somos hermanos, es decir, hemos sido llamados por un mismo Padre. Lo que tratamos de compartir mediante la vida en común es la certeza de que no nos hemos elegido unos a otros, sino que ha sido Otro quien nos ha convocado y reunido.

La Fraternidad San Carlos también está construida sobre tres pilares y se sostiene gracias a ellos. En su base, por así decirlo, se encuentra la acción constante de Dios.

Esta certeza emerge a través del encuentro −¡y también en el desencuentro!− entre nuestras distintas formas de ser, dentro de la realidad objetiva de la casa en la que vivimos.

En cierto sentido, los esposos se eligen mutuamente. Sin embargo, también el camino matrimonial, como cualquier otra forma de vocación, pasa por este estrecho paso en la medida en que los cónyuges están llamados a reconocer que existe una llamada objetiva sobre la que se fundamenta la preferencia recíproca y cuyo origen último está en Dios.

En nuestro Directorio leemos: «El Misterio escondido de la Trinidad tiene el rostro de Dios hecho hombre; es decir, tiene el rostro de las personas a las que pertenezco, porque son la presencia cercana de Dios hecho hombre. No porque un rostro agote toda la verdad, sino porque nadie puede conocer la verdad si no es a través de ese rostro. Por tanto, el rostro de aquel que ha sido puesto a nuestro lado es para nosotros el término último de la elección».

El segundo pilar es el sacerdocio. La comunión de la que nacemos nos llama y nos confía una misión concreta: identificarnos de manera particular con Cristo, único y eterno sacerdote.

El sacerdocio es un don inmenso que nunca llegaremos a comprender del todo. En uno de sus libros, san Juan Pablo II escribe: «La vocación sacerdotal es un misterio. Es el misterio de un maravilloso intercambio —admirabile commercium— entre Dios y el hombre. Este entrega a Cristo su humanidad para que Él pueda servirse de ella como instrumento de salvación, haciendo de este hombre, por así decirlo, otro Él mismo».

En este camino de identificación con Cristo descubrimos el secreto de toda vocación: la donación de uno mismo. Solo así puede alcanzar su plenitud cualquier vida humana.

El sacerdote es aquel que hace de su vida un cauce de gracia entre el cielo y la tierra: lleva a Dios a los hombres para conducirles a su vez hasta Dios.

Por último, en nuestro nombre encontramos la palabra «misioneros». Somos enviados por todo el mundo para redescubrir y hacer crecer el don que hemos recibido, junto con las personas a las que somos enviados. «Gratis lo habéis recibido; dadlo gratis», dice el Evangelio.

En estas palabras de Jesús se encuentra el origen de la misión de todo cristiano: la gratitud. Don Giussani escribe, en efecto, que el impulso misionero de la Iglesia, que la lleva «a dar testimonio de Cristo hasta los confines del mundo, nace mucho más de su interior que de una necesidad o de una llamada exterior».

Estas tres palabras expresan la única y gran palabra con la que el Misterio nos abraza: Su misericordia.

En muchas de nuestras casas celebramos el día de la casa. Es una jornada dedicada a la vida fraterna, en la que podemos entablar un diálogo tranquilamente, compartir nuestro tiempo y contemplar juntos algo bello.

A menudo, ese es el único día en que podemos celebrar juntos la misa. Es un momento verdaderamente hermoso y significativo. Estamos todos alrededor del mismo altar para recibir a Cristo y llevarlo al pueblo al que hemos sido enviados. Es un momento en el que se hace visible nuestra condición de hermanos, sacerdotes y misioneros.

Las páginas que siguen quieren dar cuenta de estas tres palabras, distintas pero inseparables en la vida de cada uno de nosotros. Tres palabras que expresan una única y gran palabra con la que el Misterio abraza nuestras vidas: Su misericordia.

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