El año pasado empecé a visitar a los enfermos y a los ancianos del barrio para llevarles la comunión. En este gesto y en los encuentros que voy viviendo estoy descubriendo algo muy valioso para mí, una ocasión para ponerme ante el Señor. Al entrar en sus casas, descubro sufrimientos y dificultades, no solo físicos. Pero, al mismo tiempo −y esto me conmueve cada vez−, encuentro corazones abiertos, que no están resentidos, que confían en Dios y se ponen en sus manos, incluso cuando el dolor parece insoportable.
Este año, en particular, ha nacido una bonita amistad con Pino y su mujer, Marisa [los nombres son ficticios, ndr]. Pino es un hombre sencillo, con una fe sólida que le lleva a aceptar todo con confianza y a desear profundamente la compañía del Señor en la Eucaristía. En más de una ocasión, al recibir la comunión, se emociona y después me dice con la sencillez de un niño: «Así me ha hecho Él». Ante su reacción, no puedo dejar de pensar en lo hermoso que sería recibir a Jesús cada día con un corazón tan conmovido como el suyo. Y, sin embargo, ¡cuántas veces hay otras cosas en su lugar! A diferencia de Pino, su mujer tiene más dudas y el dolor que ha atravesado a lo largo de su vida la ha ido endureciendo. Pero siente un gran deseo de conocer a Jesús, de comprender. Ante la tormenta de preguntas que la asaltaban, un día le propuse que leyéramos juntas el Evangelio. Y así empezamos hace unos meses. Lo que me sorprende cada vez que voy es que, cuando llego, casi enseguida me dice: «¿Leemos?», como si quisiera saciar la sed que lleva dentro. No sé qué frutos dará esta lectura, ni si Marisa decidirá confiar en Dios en este último tramo del camino que la separa del encuentro con Cristo. Pero me siento agradecida de poder asistir al diálogo entre ella y Dios, porque de eso se trata: el Señor sigue invitándola a entrar en relación con Él, a dejarse amar.
Otra visita muy valiosa para mí es la que hago a Marco y su familia. Marco tiene 60 años y, hace algunos años, sufrió un ictus que lo dejó gravemente paralizado. La enfermedad lo ha acercado de nuevo a la Iglesia. Su mujer cuida de él y de su segundo hijo, que padece una enfermedad degenerativa. Entro en su casa de puntillas, porque comprendo que, ante lo que están viviendo, lo único que puedo ofrecerles es estar juntos bajo la cruz, acompañarnos mutuamente y descubrir que, en el sufrimiento, Cristo nos llama; que esta no es una circunstancia que nos destruye, sino que puede ser tierra fértil para encontrarse con Dios. Una oportunidad para descubrir que el dolor no hace desaparecer el sentido de la vida, porque hay Alguien que nos ama y cuida de nosotros.