Hermano y amigo

San Francisco y Giussani: dos hombres separados por muchos siglos, pero más cercanos de lo que parece.

El greco
San Francisco recibiendo los estigmas (El Greco, 1585).

La fiesta del 4 de octubre y del año 2026, aniversario del tránsito de San Francisco, me han hecho reflexionar una vez más sobre la figura del gran hijo de Asís, buscando similitudes entre su existencia y la de don Giussani. Sé muy bien cuán diferentes son los tiempos en que vivieron Francisco y Giussani, cuán inconmensurable es siempre la existencia de los santos; pero, al mismo tiempo, existe entre ellos una comunicación en el Espíritu que nos los acerca.

Alrededor de Francisco y Giussani se reunieron miles de personas. Un dato numérico impresionante, sobre todo si se tiene en cuenta que se trataba de un seguimiento imprevisto, generado por la fascinación que la vida y las palabras de los dos fundadores despertaban en quienes tenían la gracia de encontrarse con ellos.

Así se fue formando un pueblo de laicos, tanto en torno a Francisco como en torno a Giussani: frente a tantos movimientos de contestación de su época, ellos simplemente quisieron, en virtud de la dignidad bautismal, servir al Cuerpo de Cristo para su reconstrucción en el corazón de los hombres y en la sociedad.

Estos dos pueblos, el franciscano y el ciellino, han recibido constituciones y reglas de la Iglesia, pero siempre han llevado dentro de sí los estigmas de la libertad. Han respetado a los sacerdotes, a los obispos, al Papa. Han amado los sacramentos. En virtud de esta obediencia, sentirán la urgencia de ser ellos mismos, según el don que los originó, incluso a través de todas las podas necesarias realizadas por la Iglesia, con un deseo invencible de contar al mundo entero la gracia recibida.

Pasión por Cristo, pasión por los hombres: estos son los dos fuegos que caracterizan la personalidad de don Giussani. San Francisco fue igual. «¿Quién soy yo y quién eres Tú?» fue la dramática pregunta del santo con el rostro postrado en tierra. Esta expresión también puede resumir por completo el camino existencial y la enseñanza de don Giussani. La identificación con Cristo −que para Francisco se produjo misteriosamente en el acontecimiento de las llagas, coronamiento de toda una existencia− nos ha sido transmitida por Giussani a través de las palabras de la Escritura que él subrayaba repetidamente entre nosotros: Ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí. Aunque vivo en la carne, vivo en la fe del Hijo de Dios (cf. Gal 2,20). Somos uno en Cristo Jesús (cf. Gal 3,28). El hombre nuevo del que habla san Juan en su evangelio −es necesario renacer, renacer desde lo alto (cf. Jn 3,3)− es ante todo Cristo, pero también somos nosotros, llevados por la fuerza del Espíritu a identificarnos con su persona y su misión.

La experiencia que más une a Francisco y Giussani se expresa con la palabra «fraternidad».

San Francisco y Giussani eran personas habitadas por Otro: conscientes de su fragilidad humana, seguros de haber recibido una gracia inconmensurable. En sus vidas no faltaron los contrastes con los hombres de la Iglesia y también con miembros de su propio pueblo. Giussani vivió muchos abandonos; Francisco nos habla de la perfecta alegría que consiste en llevar con ligereza el rechazo de los propios hermanos.

Alegría: tal vez esta palabra debería ser más profundamente analizada en las obras de ambos autores para descubrir su similitud. No se trata de una alegría efímera, de corta duración, sino de una nota fundamental del alma que nace de la certeza de un amor recibido. Un amor siempre dispuesto a derramarse sobre los demás, un amor misericordioso, como encontramos escrito en algunas anotaciones del santo de Asís y en muchas intervenciones de don Giussani, sobre todo en la última parte de su vida.

El descubrimiento de Dios como misericordia llevó a ambos a contemplar la bondad de la creación y la bondad de las cosas y los acontecimientos, incluso de la muerte.

Este énfasis en el bien que habita en el designio de Dios refleja sin duda otra similitud entre Francisco y Giussani, su serenidad interior.

El Cántico de las criaturas, origen luminoso de la literatura italiana, se puede encontrar aquí y allá no solo en las palabras, sino también en los sentimientos que animaban a don Giussani. Fue un gran cantor de la vida, pues su alma estaba fija en Cristo. La experiencia que más une a Francisco y Giussani se expresa con la palabra «fraternidad».

Utilizada por Giussani principalmente en la segunda parte de su vida, esta palabra busca expresar el florecimiento de la comunión en un nuevo gusto por la sociabilidad, pero también la profunda raíz universalista del cristianismo.

Hermano y amigo son las expresiones más preciosas de todo el cristianismo: en ellas Francisco y Giussani se encontraron.

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