La belleza que todos desean ver

En un país siempre al borde de la guerra, con menos de un 1% de población católica, ¿cuál es la tarea de los cristianos? Meditación sobre nuestra misión en Taiwán.

Copertina Copia Dimensioni Grandi
Martino Zavarise, misionero en Taiwán, con dos amigos de la comunidad local de Comunión y Liberación.

A todos los que nos preguntan si nos preocupa la situación política de Taiwán, si creemos que nos encontramos al borde de la guerra y qué ocurrirá si sale Lai como presidente de Taiwán, respondemos que la situación actual no dista mucho de la del pasado. La situación anómala de la isla, antes conocida como Formosa, se determinó hace más de setenta años, cuando Chiang Kai-shek, entonces presidente de China, se refugió en Taiwán tras perder la guerra civil con Mao, pidiendo la protección de Estados Unidos. Desde entonces, la conversación sobre el status quo es el mínimo común denominador entre los actores de esta cuestión política, tan compleja como delicada. Aún hoy cuesta adivinar cuál será la solución final. Mucho menos, definir tiempos y modos en que se podrá llegar a ella, más allá de que todos deseamos que pueda ser pacífica.

En este contexto, ¿cuál es nuestra tarea principal? ¿Por qué llevamos ahí más de veinte años? Nuestra única preocupación es que las personas que vamos conociendo, independientemente de la situación política que vivamos, puedan experimentar que la verdadera libertad es Cristo. Esta es la razón de ser de nuestra misión en esta punta del mundo donde los católicos apenas llegan al 1% de la población. Respondemos a la invitación que hizo en su momento Juan Pablo II a nuestro movimiento: «llevad al mundo la verdad, la belleza y la paz que se encuentran en Cristo redentor».

Educar en la belleza significa tener experiencia de ella juntos

Verdad, belleza, paz. ¿Cómo comunicar todo esto en una lengua y en una cultura tan alejadas de la nuestra, donde a veces los criterios que definen lo bueno y bello parecen tan diferentes respecto a aquellos con los que hemos crecido?

En el 2011 tres amigos decidimos llevar a unos treinta estudiantes taiwaneses a Madrid, a la JMJ con Benedicto XVI. La mitad de ellos no eran católicos. En nuestro recorrido incluimos una jornada en Barcelona para ir a ver la Sagrada Familia, la obra maestra incompleta de Gaudí que ninguno de nosotros había visitado. Ese día de agosto el aire era casi irrespirable. Una joven y preparadísima guía italiana, amiga nuestra, nos explicó la historia de Gaudí y de la Sagrada Familia. Comenzó hablando del exterior de la basílica. Yo veía que nuestros chavales estaban distraídos, tal vez por culpa del calor, que no ayudaba a estar atentos a la traducción en chino. Además, cada dos por tres nos interrumpían encuentros tan inesperados como preciosos. Nada más llegar nos cruzamos por casualidad con Etsuro Sotoo, el famoso escultor convertido al catolicismo gracias al encuentro con la figura y obra de Gaudí. Tras haberle saludado y habernos presentado, mientras nuestra guía volvía a la explicación, llegó un grupo de universitarios alemanes acompañados por dos de nuestros sacerdotes. El entusiasmo de este encuentro casual entre dos mundos tan distantes en apariencia −no faltaron los irrenunciables selfies−, también hizo que nuestros jóvenes estuvieran más inquietos y menos atentos. Impaciente, me dirigí a la guía y le dije: «Hasta aquí. ¡Entremos!».

Volver a descubrir juntos que Cristo es el origen de la belleza que todos deseamos ver

Por fin entramos en la Sagrada Familia. La primera vez uno queda realmente impresionado. Desde fuera es imposible imaginarse lo que te puedes encontrar dentro. Yo entré el primero y empecé a caminar como si estuviera en trance, mirando hacia arriba y con los ojos como platos, recorriendo veinte metros, «golpeado por el dardo de la belleza», según la expresión de Benedicto XVI. Al cabo de un rato, me acordé de que conmigo había traído a treinta chicos taiwaneses. Me giré para ver si al menos habían entrado. Y, sí, así era, pero se habían parado a dos metros de la puerta. Además de los ojos como platos, tenían la boca abierta, tal era su asombro ante lo que veían. Aquel día intuí qué quiere decir educar en la belleza: tener experiencia de la misma, junto con ellos. No solo explicar lo que es, sino vivirla, compartirla con aquellos que se te han dado. Este es el fin por el que fuimos enviados a Taiwán: volver a descubrir, con quien vive allí, a Cristo, origen de la belleza que todos deseamos ver, a través de la cual es posible conocer la verdad y experimentar la paz.

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