Las flores de Bogotá

La propuesta de un lugar de relaciones auténticas para redescubrir que «Dios es un padre bueno».

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Andrea Sidoti en misión con los universitarios en el Valle del Cauca (Colombia).

Desde las ventanas de la casa parroquial de Nuestra Señora de las Aguas, una hermosa iglesia colonial situada en el centro de Bogotá, se ve pasar a la gente.

Estudiantes −cientos de ellos−, trabajadores, funcionarios públicos, turistas. Vendedores ambulantes, vagabundos, personas sin hogar. Ancianos paseando, parejas, deportistas que, para entrenar, suben Monserrate, la montaña donde se encuentra el santuario más famoso de la ciudad. Bandas de jóvenes, multitud de niños. Y luego más estudiantes, trabajadores, y así sucesivamente.

Colombia es una tierra de belleza y contradicciones. Detrás de la variedad de flores, colores, sabores, músicas; detrás de la exuberante vegetación y la cortesía ceremoniosa se esconde la miseria, la desconfianza y la violencia.

La universidad más prestigiosa de Colombia, la Universidad de los Andes, se encuentra a cuatro minutos a pie del barrio marginal de La Paz. Las residencias de estudiantes de estilo high tech conviven con las chabolas; el lujo y la elegancia con la pobreza y el malestar. Y ambas se encuentran en el territorio de Las Aguas.

Durante los últimos siete años, la casa ha sido dirigida por Rubén Roncolato, que acaba de volver a Roma para desempeñar el cargo de rector de la Casa de formación de la Fraternidad San Carlos. La responsabilidad de ocupar su lugar ha sido confiada a don Andrea Sidoti. Con él viven don Carlo Zardin, que se ocupa especialmente de los universitarios y presta servicio en la Universidad Pedagógica, y don Giovanni Barrani, actualmente párroco, que acompaña a un grupo de adolescentes y enseña en la escuela Riccardo Pampuri. Los tres están llamados a mirar de frente y abrazar las contradicciones de esta tierra. ¿Cómo? «Somos un punto de paso», responde don Andrea. «A las personas que pasan y a las que viven aquí queremos ofrecerles un hogar, es decir, un lugar de relaciones auténticas. Una propuesta hermosa, pero también exigente: en el catecismo de la primera comunión, por ejemplo, pedimos dos años de asistencia, y no uno como la mayoría de las parroquias de la ciudad. Precisamente porque es la introducción a una vida, a una amistad».

Tenemos que recordarles que Dios no es un juez severo, sino un padre bueno.

El cristianismo colombiano es tradicional, popular, explica don Andrea: las misas están llenas, las confesiones son frecuentes, las devociones están arraigadas. «En Colombia, la gente cree con sencillez que Dios existe y que se puede establecer una relación con él». Y, sin embargo… «No debemos convencerlos de que Dios existe, sino recordarles que Dios no es un juez severo ni una divinidad a la que hay que ganarse su benevolencia, sino un padre bueno». Un tema crucial, pues se relaciona con la ausencia de la figura paterna. «Por un lado, la familia es formalmente sagrada y está por encima de todo; por otro, los hombres suelen tener dos o tres familias, y los hijos tienen miedo de relacionarse con sus padres».

Colombia es una tierra herida por la violencia. El último ejemplo es el atentado contra el candidato a la presidencia Miguel Uribe, en junio, a manos de un joven de quince años. Y no solo hay violencia: hay anonimato, soledad. Ante todo esto, la primera propuesta que los sacerdotes hacen a las personas con las que se encuentran es la caridad: nacida durante la pandemia, hace cinco años, consiste en dedicar el sábado por la mañana a diversas actividades para los demás, desde visitar a los ancianos en las residencias, hasta dar catequesis a los niños, pasando por repartir bebidas calientes a los vendedores ambulantes y a las personas sin hogar de la Séptima Avenida. Gestos sencillos para educar en el amor, para vivir relaciones de gratuidad.

Si la caritativa fue una de las primeras flores colombianas, la última es la experiencia recién nacida del CLU (Comunión y Liberación Universitarios). Hay una misa semanal, a la que asisten entre 20 y 30 estudiantes, realizan mini-retiros en los momentos importantes del año, comidas y cenas juntos y han sacado adelante el centro cultural El Faro, que nació online y luego se hizo «carnal» al final de la pandemia. En los últimos meses, dos chicos del CLU de Milán cruzaron el océano para vivir una experiencia misionera en Colombia y participar en el CLU de Bogotá. Se alojaron cerca de la iglesia y vivieron con los sacerdotes la oración, el silencio, las obras de caridad, las amistades y la misión parroquial en un pueblecito del Valle del Cauca. «Se entregaron sin reservas. Y nuestros chicos percibieron la belleza de su entrega», concluye Andrea. Estas son solo algunas de las flores que han brotado desde que la Fraternidad San Carlos llegó a Colombia, hace ya nueve años. En medio de las contradicciones de este país, la semilla de la comunión y la caridad ha encontrado tierra fértil.

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