Robar el paraíso

El abrazo de la confesión se convierte, como para el buen ladrón, en la ocasión de reencontrar la paz en los últimos instantes de la vida.

20251208 Città del Messico Festa patronale peruzzo
El padre Stefano Peruzzo durante la procesión de la fiesta patronal de la parroquia.

Son las ocho y media de la mañana. Después de un rato de silencio, salgo de casa para rezar el rosario mientras camino hacia el parque cercano. Aún no he terminado el primer misterio cuando oigo que alguien me llama: «¡Padre, padre!». Una mujer se asoma a la ventana y me dice que lleva varios días intentando encontrar a un sacerdote, pero sin éxito. Confieso que me cuesta creerlo: la parroquia está a tres minutos de su casa y siempre hay una secretaria disponible para localizar a un sacerdote en caso de necesidad, desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde. Sin embargo, dejo a un lado estas consideraciones y la escucho.

Me explica que su padre, recién salido del hospital, se encuentra en una situación de salud muy delicada y desea ver a un sacerdote para hablar. Le pregunto si quiere recibir la unción de los enfermos, confesarse o comulgar, pero ella insiste en que únicamente quiere hablar. Entro en la casa y la mujer me lleva hasta la habitación de su padre. Allí conozco a Matías (nombre inventado, ndr), un anciano visiblemente enfermo y postrado en la cama. Además de la cantidad de medicamentos que se acumulan sobre la mesilla, necesita una máquina de oxígeno para poder respirar. Me siento junto a él y su hija nos deja solos.

Le pregunto si quiere confesarse, pero esquiva la pregunta y comienza a contarme su vida. Criado en una familia católica, se alejó de la Iglesia a raíz del bautismo de uno de sus hijos. Cuando su párroco le explicó que no podía aceptar como padrino a una persona que convivía con su pareja sin estar casada, él se marchó indignado, convencido de haber sufrido una injusticia. Buscó entonces un sacerdote menos «estricto», bautizó a su hijo y terminó de romper el ya frágil vínculo que lo unía a la Iglesia.

«¿Está seguro de que no quiere confesarse?».

En cuanto al resto de su vida, se casó una primera vez, tuvo varios hijos, se divorció y más tarde contrajo matrimonio con otra mujer, con quien tuvo más hijos. Finalmente quedó viudo, acompañado por dos de sus hijas. Mientras me relata su historia, hablamos también de Dios.

Cuando termina de hablar, vuelvo a preguntarle: «¿Está seguro de que no quiere confesarse?». Esta vez no evita la cuestión. Acepta. Naturalmente, no recuerda cuántos años hace que no se confiesa, pero lo hace con sinceridad. Cuando termina, me quedo unos minutos más conversando con él y después nos despedimos.

Una semana más tarde vuelvo a encontrarme con su hija en misa. Es ella quien me reconoce. Me cuenta que su padre ha fallecido y que durante sus últimos días estuvo mucho más sereno.

Pensando en Matías, en su larga vida alejada de la fe y en aquella confesión realizada pocos días antes de morir, me vino a la mente Dimas, el buen ladrón crucificado junto a Jesús. San Agustín decía que fue ladrón hasta el final porque «robó» el paraíso en el último instante que tuvo para hacerlo. No conozco la vida de Dimas y conozco muy poco la de Matías, pero me parece que en su desenlace se parecen mucho: un arrepentimiento sincero y el deseo de que el Señor no se olvide de ellos.

Jesús dice que los publicanos y las prostitutas nos precederán en el Reino de los Cielos. Por la vida que han llevado, es probable que la necesidad de misericordia sea en ellos más urgente que en nosotros, que a menudo nos sentimos ya satisfechos y tranquilos por nuestra «buena conducta». Las palabras de Jesús, además de invitarnos a un necesario examen de conciencia, son también un consuelo, porque nos recuerdan que lo verdaderamente importante no es cómo se entra en el Reino, sino entrar. Antes o después; por la puerta principal o por una ventana; con invitación formal o colándonos sin permiso; mereciéndolo o, de algún modo, robándolo. Yo espero llegar allí algún día y volver a encontrarme con Matías.

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