Un abismo de amor

Visitar a una persona en el hospital y salir con la certeza de haber encontrado algo más. Un relato desde México.

Badiani
Tommaso Badiani durante una convivencia con universitarios.

Hace un tiempo fui al hospital a visitar a Juanita (nombre ficticio, nda), una joven amiga nuestra. Cuando solo tenía cuatro años, sus padres fallecieron, ambos a causa de un tumor. Sus abuelos la acogieron en su casa junto con su hermano pequeño Alejandro, que entonces solo tenía dos años, y aún viven con ellos. Durante todo este tiempo, tíos y primos han cuidado de los dos hermanos con la ternura y la atención propias de las familias mexicanas.

La semana previa a mi visita, Juanita tuvo un accidente. Mientras planchaba en el hotel donde trabaja con una máquina industrial, una manga se le quedó atrapada en el rodillo de planchado, y el brazo derecho quedó totalmente aplastado. Sus compañeros la llevaron inmediatamente al hospital, donde, tras dos operaciones de casi diez horas cada una, los médicos tuvieron que amputarle el brazo.

Cuando entré en su habitación, sus familiares me dejaron a solas con ella. Me encontré frente a una niña menuda, casi una adolescente, con gafas de cristales gruesos. Nos presentamos y le dije que tenía el mismo nombre que mi abuela. Por un momento, nos reímos. Luego llegó la pregunta que esperaba: «Tommaso, ¿por qué a mí? ¿Por qué Dios ha permitido que me pasara esto?». «No lo sé, Juanita», le respondí. «Lo que sé es que cualquier cruz que Dios permite siempre tiene un único objetivo, aunque nos parezca absurdo: ayudarnos a descubrir que Él es Padre, llevarnos hacia sus brazos. Debemos preguntarnos qué bien prepara Dios a través del mal que te ha sucedido. Es lo que descubriremos en el tiempo si permanecemos fieles a Él».

Por un instante se levanta el velo de lo visible y se vislumbra el océano del Misterio invisible.

Tras unos instantes de silencio, Juanita desvió la mirada, como para concentrarse en lo que estaba a punto de contar: «¿Sabes qué? María me ha hecho un regalo enorme. Por eso estoy segura de que no me abandonará en esta prueba. Como sabrás, perdí a mi madre cuando tenía cuatro años. Últimamente, había empezado a olvidar el sonido de su voz. Me esforzaba por recordarlo, pero no lo conseguía. Hace dos noches, tuve un sueño. Me encontraba en una habitación completamente blanca y oí una voz que me decía: “No tengas miedo, aún no ha llegado tu hora. Todavía te necesito. No te preocupes, estoy aquí esperándote”. Por la mañana, cuando me desperté, me di cuenta de que era la voz de mi madre».

Mientras hablaba, el rostro de Juanita parecía transfigurado. Tenía los ojos muy abiertos, miraba el cielo, y las lágrimas le bañaban las mejillas.

Luego volvió a mirarme y me dijo: «Sé que será muy difícil. Tendré que aprender a hacer todo con la mano izquierda. Pero no tengo miedo. Nunca me he sentido tan querida como estos días: mis abuelos, mis tíos, mis primos, mis amigos han venido a visitarme y me han escrito. Nunca me había dado cuenta de todo el amor que me rodea». La confesé y nos despedimos.

Al salir, sentí una extraña sensación. Me vino a la mente lo que dice el Evangelio de María en el momento del anuncio del ángel: Al oír estas palabras, ella se turbó (cfr. Lc 1,29). Así me sentía yo. La irrupción de lo divino siempre provoca turbación. Por un instante se levanta el velo de lo visible y se vislumbra el océano de misterio invisible que envuelve el breve espacio en el que se desarrolla nuestra vida. Un océano que es un abismo de amor. Sumergir la mirada en él, aunque sea solo por un instante, da vértigo.

Esta es la preciosa condición de ser sacerdote: ser un hombre que se encuentra en el límite del abismo que divide y une el cielo y la tierra.e parole ella rimase turbata (Lc 1,29). In effetti, ero turbato. L’irrompere del divino provoca sempre turbamento. Per un istante si alza il velo del visibile e si intravede l’oceano di mistero invisibile che avvolge lo spazio breve in cui la nostra vita si svolge. Un oceano che è un abisso d’amore. Immergerci lo sguardo, anche per un istante soltanto, dà le vertigini.

È questa la bellissima condizione del sacerdote: essere un uomo sul confine dell’abisso che divide e unisce il cielo e la terra.

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