Hace unas semanas estuvimos en Milán para conocer más a fondo los inicios del movimiento Comunión y Liberación y la vida de don Giussani. Conocimos a personas y visitamos lugares significativos. Junto con los seminaristas de los tres primeros años, había algunas novicias de las misioneras.
Primero fuimos a la Universidad Católica, donde asistimos a una clase de Eugenia Scabini, una de las primeras giessinas, alumna de don Giussani en el instituto Berchet. Eugenia nos contó cómo había nacido el movimiento en torno a aquel joven sacerdote que les provocaba durante la hora de religión semanal. Nos explicaba que, casi de inmediato, tomaron forma las dimensiones de cultura, caridad y catolicidad, con una apertura espontánea al mundo y con el deseo de misión. De hecho, algunos jóvenes acogieron la posibilidad de ir de misión a Brasil: «Con los que se iban de misión, estaba el corazón de todos», recuerda. Los que se quedaban contribuían con diezmos, la aportación económica cuya cantidad cada mes era elegida libremente por cada uno. Más tarde visitamos la Biblioteca Ambrosiana junto con don Francesco Braschi, luego el Duomo, donde descansa san Carlo Borromeo, y el Cementerio Monumentale, donde rezamos ante la tumba de don Giussani.
Al día siguiente visitamos la casa de los Memores de Gudo Gambaredo (a las afueras de Milán). El camino para llegar allí es estrecho y discurre entre campos; el horizonte estaba cubierto por la niebla, alguna que otra garza alzaba el vuelo. En la casa nos esperaban Vincenzo Moretti y Adriano Rusconi. Nos contaron los inicios de la asociación, que se llamaba familiarmente Grupo adulto, y su relación con Giussani. Luego nos explicaron los cuadros de William Congdon, que vivió mucho tiempo con ellos, y continuamos la conversación durante la comida. Por la tarde, nos reunimos con el padre Sergio, prior del monasterio de la Cascinazza.
Me di cuenta de que había dejado atrás un lugar ya salvado, habitado por rostros llenos de gratitud.
De regreso a Milán, la niebla se había disipado. El sol iluminaba los campos y los cursos de agua; el horizonte parecía más amplio y los estanques reflejaban, como espejos, el color del cielo. Las palabras que habíamos escuchado resonaban con fuerza en nosotros y cada mirada estaba cargada de expectación. Una vez tomada la carretera principal, con el tráfico habitual, el ruido habitual, me di cuenta de que había dejado atrás un lugar ya salvado, habitado por rostros llenos de gratitud.
Por la noche cenamos con Giorgio Taglietti y algunos de sus amigos, y escuchamos el relato de los inicios del movimiento en Uganda y de su trabajo como médico misionero.
El viernes continuamos las clases con Eugenia en el seminario de Venegono, donde nos alojábamos. Para despedirse, nos mostró un vídeo en el que aparecía su amigo don Pigi Bernareggi, «un alma contemplativa y pura», uno de los primeros misioneros que fue a Belo Horizonte, a vivir con los favelados. En el vídeo, Pigi le felicitaba por su octogésimo cumpleaños. Lleno de alegría, recordaba las muchas semillas que habían plantado juntos a lo largo de la vida.
La misma alegría y el mismo deseo de misión llenaban mi corazón durante el viaje de vuelta, junto con la gratitud por pertenecer a esta historia que orienta nuestro camino.