El mundo en la plaza Vittorio

A dos pasos de la estación Termini se encuentran todas las culturas del mundo. Ahí está el párroco de Sant’Eusebio, que acoge a quien llama a la puerta.

Opera senza titolo

La parroquia de Sant’Eusebio se encuentra en el corazón del Esquilino, en piazza Vittorio, un punto de encuentro entre culturas. Hay muchísimos chinos, pero también bangladesíes, nigerianos e indios.

Cuando salgo del portal de casa cada mañana para abrir la iglesia y echo un vistazo a la plaza, se me ensancha el corazón. Tengo la impresión de estar ante el mundo entero. Y, sin embargo, no pocas veces, al caminar bajo los soportales, soy yo quien se siente extranjero. La gente pasa a mi lado con sus trajes tradicionales y hablando lenguas que no entiendo. Incluso en el atrio de la iglesia, frente a una de las mezquitas más grandes de la zona, me siento un huésped.

Siempre se sorprende y dice que es justamente lo que buscaba.

La cantidad de gente que acude a nuestra parroquia es muy reducida. Las pocas personas presentes son en su mayoría ancianos o familias jóvenes que se han trasladado a Roma por motivos de trabajo. Además, al estar en el centro, casi el 70% de las viviendas se ha transformado en un bed and breakfast. Todo esto dificulta la integración y hace más complicada la vida comunitaria.

Y, sin embargo, creo que nuestra parroquia es la mejor del mundo, precisamente porque se encuentra en el centro del mundo, pero sobre todo porque cada día, de la mañana a la noche, tengo encuentros −bonitos o difíciles, pero siempre imprevisibles− que ponen a prueba mi apertura ante la continua novedad.

Llevo en el corazón algunos hechos, preciosos y/o dolorosos, que han marcado mi vida por lo que el Señor ha hecho y sigue haciendo en la historia de mis cuarenta años de sacerdocio.

El chico chino

Un día, en la iglesia, suena el timbre del confesionario. Abro y me encuentro ante un chico chino de 18 años. Me pide ser bautizado. Sorprendido, le invito a pasar y empezamos a hablar. Quiere hacerse católico porque cree que así se acercará más a Dios. Frecuenta la iglesia evangélica china −en piazza Vittorio hay nada menos que tres−, pero no está bautizado y esa comunidad no le satisface.

Para ponerlo a prueba, le explico las dificultades del camino catecumenal en la Iglesia católica: dos años de preparación, un encuentro semanal conmigo y una reunión mensual en la parroquia junto a otros catecúmenos. Sin dudarlo, me responde que le parece perfecto. Desde entonces nos vemos regularmente y es fidelísimo: cada domingo lo veo en misa, aunque todavía no puede recibir los sacramentos. En la Pascua de 2026 será bautizado en nuestra parroquia.

Siempre que nos vemos y le hablo de la belleza del encuentro con Jesús en la vida cristiana, se sorprende y dice que es justamente lo que buscaba, aunque no supiera qué necesitaba. Para mí, cada vez revivo la belleza del encuentro que cambió mi vida, el que tuve con el movimiento de Comunión y Liberación, donde también yo tengo la certeza de que lo que busco cada día es el rostro de Jesús en las personas que Él pone ante mí.

El amigo inesperado

Un día se presenta un hombre preguntando si me acuerdo de él. Su rostro me resulta familiar, pero no logro situarlo. Luego descubro que es el padre de una niña a la que bauticé hace dos años. Durante los encuentros de preparación, algo le había impactado y empezó a leer los textos que yo recomendaba.

Ha vuelto a buscarme porque, aunque había sido bautizado de pequeño, no ha recibido ningún otro sacramento. Ahora pide la Primera Comunión y la Confirmación. Le propongo un camino de preparación y, tras algunas semanas, durante la misa de la Primera Comunión de los niños, también él recibe los sacramentos: confesión, comunión y confirmación. Es conmovedor verlo, ya adulto, en medio de los niños, recibir la Eucaristía.

Están presentes su mujer, sus hijas y, sobre todo, sus padres ancianos. Al final de la misa, el padre me toma aparte y, agradeciéndome, me dice que quizá yo he sido para su hijo un padre mejor que él, y que ese es el día más bonito de su vida.

Pero no termina ahí. Poco después, mi nuevo amigo empieza a dar clases en una escuela profesional, para transmitir a los jóvenes −casi todos extranjeros− la belleza de la fe que está viviendo. Así lo decía. Y todavía hoy, cada noche, después de la misa, me cuenta las dificultades de enseñar Lengua y Literatura a futuros carpinteros, electricistas y mecánicos; pero también cómo, partiendo de las personas concretas que tiene delante, surgen ocasiones de vida verdadera. Veo en sus ojos el afecto hacia esos chicos, a menudo llegados a Italia tras viajes desesperados. Cada vez que lo encuentro, percibo la presencia viva del Señor que actúa y construye, a través de las personas, ese mundo nuevo que todos deseamos para nuestra ciudad y nuestro barrio.

La profesora anciana

Un día me llama por teléfono una señora. Por la voz, entiendo que es mayor. Me pide una cita, pidiéndome que no sea de noche porque no ve bien. Me ofrezco enseguida a ir a su casa, pero ella reacciona: “¡No, no es posible!”, dice. “Mi marido no cree y nunca aceptaría que yo hablara con un sacerdote”. Así que nos encontramos en la parroquia.

Tiene 84 años, profesora jubilada, igual que su marido, de la universidad La Sapienza. No creen y ni siquiera han bautizado a sus hijos. Ahora vive con una pregunta que la atormenta: “¿Para qué ha servido mi vida?”.

¡Qué pregunta tan maravillosa! Esa angustia es el modo en que Jesús le está conduciendo para encontrarlo. Le digo: “Señora, no sé cómo el Señor saldrá a su encuentro, pero puedo decirle qué me ha pasado a mí. Veo que Jesús ha esperado 84 años para traerla aquí, hoy. Él es verdaderamente el Señor que acompaña con paciencia y sabe esperar nuestros tiempos, nuestra libertad. Para mí, esto ya es el encuentro con Él, que hoy nos revela su rostro de misericordia”.

Desde entonces, seguimos siendo amigos.

El joven problemático

Los encuentros con las personas son decisivos para que el rostro del Señor se manifieste. A veces, sin embargo, traen consigo también mucho sufrimiento.

Cientos de personas vienen a la parroquia a pedir dinero. Sé que la mayoría lo usará para beber o drogarse. Me encuentro ante una impotencia total: si doy el dinero, no les hago bien; si no lo doy, corren el riesgo de volverse violentos.

Junto con algunos colaboradores jubilados de la parroquia, hemos puesto en marcha dos centros de escucha de Cáritas. Cada vez que alguien pide ayuda, lo invitamos a pasar por el centro para ver cómo podemos apoyarlo. Así comprobamos si realmente quieren ser ayudados: muchos aceptan y nace un diálogo; otros se marchan. En cualquier caso, la decisión queda en sus manos, mientras nuestra disponibilidad permanece.

“¿Para qué ha servido mi vida?”. ¡Qué pregunta tan maravillosa!

También hay familias extranjeras que tienen dificultades para mantenerse. Para ellas, junto con los feligreses, recogemos alimentos que luego distribuimos una vez al mes. ¡Cuántas personas necesitadas encontramos! Y, sin embargo, la necesidad más grande sigue siendo aprender a tomar decisiones justas. Y es precisamente aquí donde el don de la fe ayuda a vivir con realismo, sin ceder a las ilusiones de un bienestar que no llega.

Un día, mientras estaba en el despacho, me llamó don Paolo, el sacerdote que vive conmigo. Había oído ruidos en la iglesia. Un joven estaba destrozando el reclinatorio delante del crucifijo para coger el dinero de la caja de limosnas que había dentro.

Nos acercamos y le pedimos que se detuviera. Su respuesta fue sorprendente: “Cuando tengo dinero, lo dejo. Cuando no lo tengo, lo cojo”.

Esperamos a que se lo llevara todo. Al salir corriendo, repartió el dinero con nosotros y se despidió. Era evidente que tenía problemas psiquiátricos. A pesar del daño, sentí una gran ternura al pensar en su sufrimiento y en su abandono, también por parte de las instituciones. No era el único. La mayoría de las personas en situación de pobreza que encuentro tiene también problemas psíquicos.


Cada vez que abro la iglesia, el corazón se me ensancha. Vivo a la espera de cómo el Señor querrá manifestarse ese día, espero ver el rostro que Jesús tomará en las personas que encontraré. Esta posibilidad cotidiana es realmente un gran don para mí y para la casa que aquí, en Sant’Eusebio, comparto con mis hermanos sacerdotes.

Cuando nos reunimos a comer o cenar, el relato del día vivido es siempre ocasión de asombro. Por la noche, al celebrar la misa con las pocas personas mayores presentes, entregamos a Dios todas las necesidades encontradas, todos los sufrimientos vistos a lo largo del día. Juntos le pedimos al Señor que nos ayude a confiar en Él y que nos libre de la tentación de pensar que podemos salvar el mundo; solo Él puede hacerlo, a través de nosotros.

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