La misericordia de Dios es infinita

La unción de enfermos es un signo de la infinita misericordia de Dios, que el sacerdote implora para quien la recibe. Un testimonio lleno de gratitud.

Fuenlabrada
La ciudad de Fuenlabrada, a las afueras de Madrid.

«Fidel está bien. Ha llegado a fin de año. Ni él mismo se lo creía. ¡La misericordia de Dios es infinita! Y por eso le damos gracias».

María me envió este mensaje la tarde del primer día del año para desearme un feliz 2026. La historia es increíble y merece ser contada. Retrocedamos unos meses, hasta el 6 de agosto anterior. Son poco más de las tres de la tarde. El termómetro ronda los 40 grados. Entro en el servicio de Urgencias del hospital de Leganés, la ciudad vecina de Fuenlabrada, donde vivo. Pregunto por la unidad de diálisis y me sorprende la amabilidad del personal sanitario; casi parece que me estuvieran esperando. Paso junto a camas ocupadas por personas mayores. Algunas de ellas quizá estén viviendo sus últimas horas. Bajo unas escaleras, atravieso un laberinto de pasillos y llego a la habitación de Fidel. Me recibe un médico. Mientras esperamos a su esposa, me explica que la situación es muy grave, que a Fidel le queda poco tiempo de vida. Habla conmigo pensando que soy un familiar. Cuando le digo que soy sacerdote y que he venido para administrarle la unción de los enfermos, me pregunta en qué consiste exactamente ese sacramento. Le explico que, mediante la unción, Dios acompaña al enfermo en su sufrimiento, permanece a su lado en la enfermedad y lo prepara para el encuentro definitivo con Él. También puede recibir la indulgencia plenaria, es decir, se le perdonan las penas que habría tenido que expiar por sus pecados.

En ese momento me doy cuenta de algo: Dios escucha las palabras de un sacerdote.

Comienzo el rito y el médico se coloca junto a María, la esposa de Fidel. Poco después llega también el capellán del hospital. Una pequeña comunidad cristiana reunida alrededor de una cama. Me conmueve ver que, cuando rezamos el Padrenuestro, el médico toma la mano de María y ambos recitan juntos la oración que Jesús enseñó a sus discípulos. Es un gesto sencillo, pero profundamente humano. Termino la celebración rezando un Avemaría.

Fidel parece no haberse enterado de nada. Duerme y, de vez en cuando, se escucha un leve ronquido agónico. Ya he vivido situaciones parecidas y reconozco cuándo una persona está cerca del final. Sin embargo, estoy en paz. No es la primera vez que administro este sacramento, pero pocas veces como aquella fui tan consciente de algo: Dios escucha las palabras de un sacerdote. Acepta perdonar a uno de sus hijos, entra en su vida mediante el Espíritu Santo y le concede su gracia porque un sacerdote lo ha invocado y le ha pedido que esto suceda. Es algo asombroso. Tal vez ahí resida el gran milagro de los sacramentos.

Pasan veinticuatro horas y espero recibir la noticia del fallecimiento de Fidel. Pero ocurre algo que sucede más veces de las que imaginamos: el paciente mejora. María me escribe emocionada para contarme que ha tomado un yogur y un poco de crema de verduras. Incluso me envía una foto de su marido sentado fuera de la cama.

Los días siguen pasando y Fidel, a quien la medicina ya daba prácticamente por perdido, regresa a casa. Los médicos no consiguen explicar lo sucedido. Han transcurrido más de cuatro meses. El Señor le ha regalado más de cien días de vida para compartir con su familia. La situación sigue siendo delicada. Las complicaciones continúan y el cuerpo de Fidel sigue muy debilitado. Pero todo está iluminado por una luz distinta: la de la esperanza y la gratitud. De ahí nace el mensaje de María. Ella reconoce que el regalo más grande que Dios le ha concedido ha sido precisamente la vida de su marido.

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