En la parroquia de San Pablo, en Xinzhuang, donde soy vicario desde hace aproximadamente un año, siempre me impresiona ver cómo personas adultas −jóvenes y no tan jóvenes− se acercan para pedir convertirse al cristianismo. La mayoría, después de un proceso de catecumenado más o menos largo, reciben el bautismo durante la Vigilia Pascual. Es realmente emocionante acoger a estos nuevos hermanos en nuestra comunidad y, a través de ellos, hacer memoria de nuestro propio «sí» a Cristo. Me gustaría contaros la historia de dos personas cuyo camino me ayuda a comprender mejor la grandeza de este don que es el bautismo, mediante el cual Cristo nos hace suyos y nos introduce en su propia vida.
La primera es Valentina (nombre inventado, nda), una chica de 17 años. Una amiga del colegio le habló del cristianismo y eso despertó su interés. Cuando quiso saber más, se lo comentó a su madre, que no es católica. Ella la acompañó a la guardería donde trabaja como profesora: ¡la guardería de nuestra parroquia! La primera vez que la conocimos nos dijo sin rodeos: «Quiero bautizarme». Le propusimos un catecumenado un poco especial: participar en el grupo de jóvenes, asistir a misa y formar parte de la vida de la parroquia. Desde aquel día, nuestra comunidad se convirtió en su hogar; daba la impresión de que llevaba mucho tiempo esperando una invitación así. Tras una preparación adecuada, Valentina recibió los sacramentos de la iniciación cristiana el día de la fiesta patronal. De este modo, la fiesta de toda la comunidad pasó a ser también su propia fiesta. Me pareció un signo precioso de lo que obra el bautismo: nos libera del pecado, nos une a Cristo y nos regala su amistad, que se hace visible en la comunión que vivimos como comunidad.
En Taiwán estoy aprendiendo a alegrarme con Dios por estos pequeños milagros.
La segunda historia es la de Ana (nombre inventado, nda). Su marido y sus hijos son católicos. Desde que se mudaron cerca de nuestra parroquia, asisten regularmente a la misa dominical. Si toda la familia iba, ¿por qué no acompañarlos? Así empezó también ella. Con el tiempo, un feligrés la invitó a participar en la catequesis para adultos y decidió apuntarse para conocer mejor la fe de su marido. Ana recorrió un camino muy bonito, apoyada por su familia, abrazando la fe con una gran sencillez y alegría. Recibió los sacramentos hace dos años durante la Vigilia Pascual. Para Ana no fue un paso automático ni una formalidad hecha de un razonamiento («como mi marido es católico, yo también tengo que serlo»). Fue una decisión personal, tomada en respuesta a la llamada del Señor. Desde entonces, además de participar activamente en la vida de la comunidad, ha comenzado una verdadera misión entre sus familiares que aún no son católicos. No es raro verla llegar a misa acompañada de parientes o amigos, a quienes invita a conocer ese acontecimiento que ha transformado su vida.
Las historias de estas dos personas me ayudan a contemplar el misterio de Dios, a escuchar su voz, que llama al corazón de cada persona y le ofrece su amistad de formas que a veces ni siquiera imaginamos. En Taiwán estoy aprendiendo a alegrarme con Dios por estos pequeños milagros, en medio de tanta gente que todavía no lo conoce, pero que, en el fondo, como Valentina, está esperando precisamente esa invitación; no a algo, a una actividad o a un curso, sino a encontrarse con Alguien.