Ganarlo todo, por fin

De Reggio Emilia a México, pasando por Roma: la historia de Giovanni Ferrari, ordenado sacerdote el pasado 27 de junio.

Giovanni FERRARI diaconato
Giovanni Ferrari, manteado por sus amigos tras la ordenación diaconal.

Nací en Reggio Emilia, una tierra de santos y de comunistas. Mi familia me transmitió la fe y un amor sincero a la Iglesia, gracias a un hogar siempre abierto y acogedor para tantos. A mis padres y a mis hermanas les debo la gracia de haberme sentido siempre querido y amado. Mi adolescencia estuvo marcada por las profundas amistades que nacieron en la parroquia. Los veranos transcurrían llenos de aventuras, entre campamentos y experiencias de caridad.

Los últimos años de bachillerato coincidieron con mi encuentro personal con Cristo. Era el verano de primero de bachillerato cuando, en un campo de trabajo de la Operación Mato Grosso −un movimiento juvenil de educación en la caridad y la misión− conocí la figura del padre Daniele Badiali a través de sus cartas. Natural de Faenza y misionero en Perú, este sacerdote fue asesinado por unos secuestradores tras ofrecer su vida a cambio de la de un rehén. En sus cartas hablaba de un tiempo entregado al «sueño de encontrarse con Dios». Eso era precisamente lo que yo estaba viviendo en aquellos días y lo que ardía en mi corazón. Al volver de aquella semana escribí a un sacerdote amigo: «He comprendido que deseo entregar mi vida».

Finalmente, decidí hacer una llamada: «Hola, don Massimo. ¿Puedo ir a hablar contigo?»

Me matriculé en Derecho, convencido de que podría vivir esa intuición a través de una profesión tan noble como la de juez. Sin embargo, pronto comprendí que no era suficiente. Fue el testimonio de un jesuita albanés, el padre Anton Luli, lo que me sacó del letargo de los primeros años de universidad. Vivió en Albania bajo el régimen comunista y pasó cuarenta años en prisión, recuperando la libertad cuando ya tenía ochenta años. Terminó su testimonio con estas palabras: «Lo más importante de mi vida ha sido la fidelidad a Cristo». ¿Cómo era posible que, después de haberlo perdido todo, de sus palabras brotara una paz tan profunda?

Quizá la intuición más clara de mi vocación llegó unos meses después. Me encontraba en Brasil, donde había ido a pasar un verano de misión. Durante una peregrinación a un santuario mariano nació en mí una fuerte intuición de dejarlo todo para ingresar en la Compañía de Jesús. Aquel presentimiento solo duró tres días; era la preparación del terreno para otra cosa.

Por entonces había llegado a Reggio un nuevo obispo, don Massimo Camisasca, acompañado de tres jóvenes sacerdotes de la Fraternidad San Carlos. Para mí eran completos desconocidos. Pero una noche, después de un encuentro en la catedral, estos sacerdotes invitaron a un amigo mío a su casa y él me pidió que lo acompañara. Aquella noche, en torno a un aperitivo improvisado, dio comienzo a una amistad que cambió mi vida. «¿Por qué solo me siento en casa cuando estoy con ellos?», me preguntaba una y otra vez. A ellos les debo también el descubrimiento del carisma de don Giussani, que llenó mi fe de razones y concreción.

Un amigo muy querido me dio, meses después, el impulso decisivo al vivir santamente su enfermedad. Pocos días antes de morir, me impresionaron profundamente unas palabras de una homilía de don Massimo: «A través de la vida de Cristian, Dios nos está preguntando a cada uno de nosotros: ¿quieres darme tu vida? ¿Quieres dármela por todos los hombres? ¿Quieres dármela por quienes no me conocen? En el secreto de su corazón, cada uno debe preparar su respuesta».

Yo ya sabía cuál habría sido mi respuesta, aunque todavía necesitaría algunos años para darla. Después de terminar la carrera seguí intentando hacer realidad mi sueño de ser juez, hasta que un verano me decidí por fin hacer una llamada: «Hola, don Massimo. ¿Puedo ir a hablar contigo?».

El corazón del mundo, un breve libro de von Balthasar, fue decisivo en aquellos meses de discernimiento. En sus páginas encontré reflejadas todas mis resistencias y todos mis deseos. Sobre todo, uno: «la intuición de que, renunciando a cada cosa, podría estar seguro de ganarlo todo, por fin».

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