En cada etapa de la vida

Por muchos años que uno lleve a sus espaldas, nunca deja de crecer en la fe y en la comunión. Así lo demuestra la experiencia de la parroquia de Santa Giulia.

Andrea Aversa durante un incontro con gli anziani di Santa Giulia
Andrea Aversa durante un encuentro con los ancianos de Santa Giulia.

Los miércoles por la tarde voy al oratorio con María, Claudia, Maurizio y Rosalba. Preparamos la sala para recibir a las personas que están a punto de llegar, en su mayoría ancianos y mujeres. No hemos terminado de rezar el Ángelus, con el que ponemos nuestro encuentro en manos de la Virgen, cuando ya empiezan a llegar los primeros, incluso antes de la hora. Llegan contentos.

Después de la pandemia de COVID-19, hemos ido retomando estos encuentros una tarde a la semana. Durante el último año, el grupo ha crecido tanto que hemos tenido que trasladarnos a una sala más grande. Se han ido avisando unos a otros, y también vienen personas de fuera de la parroquia; algunas ni siquiera participan habitualmente de los sacramentos.

Comenzamos cantando y después hacemos una breve catequesis. Jugamos al bingo, merendamos y rezamos la Coronilla de la Divina Misericordia por todas las intenciones que cada uno lleva en el corazón y para sostener nuestra misión. El relato bíblico de Moisés, que rezó en lo alto del monte por el pueblo mientras este combatía, inspira nuestra oración comunitaria. Algunas de estas personas fueron en otro tiempo muy activas en distintos servicios de la parroquia. Ahora que son mayores, siguen sosteniendo a la comunidad ofreciendo el don de su oración.

«¿Por qué vienen? ¿Por qué lo hacen haga frío o calor?», me preguntaba, entonces decidí preguntárselo directamente a ellos. Lo que hacemos no es solo un momento de entretenimiento, para pasar el rato. Para ello tienen muchos otros planes.

No hemos terminado de rezar el Ángelus cuando ya empiezan a llegar los primeros.

Vienen para compartir la amistad. «Me gusta venir porque así nos conocemos mejor; aunque ya no seamos jóvenes, es bonito estar juntos y rezar», dice Renata, de 85 años.

Vienen porque se sienten acogidos y queridos, y porque desean crecer en la fe, como explica Franca, de 78 años: «He crecido en estos encuentros. Muchas veces, absorbida por las mil cosas que tengo que hacer, no encuentro tiempo para profundizar en la fe. Si tengo alguna pregunta, sé que aquí puedo plantearla y encontrar una respuesta».

Nosotros proponemos estos encuentros y ellos participan. Tanto unos como otros deseamos encontrarnos con Jesús. Es Él quien nos llama y nos reúne, quien hace posible la belleza de la comunión entre nosotros.

La fe cristiana «es la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela», dice el Catecismo de la Iglesia Católica. En cada etapa de la vida, el Señor llama a la puerta de nuestro corazón, y cada día necesitamos reconocer a Cristo y experimentar su amor misericordioso a través de la compañía de la Iglesia.

Es una aventura que continúa siempre. Cada miércoles por la tarde nos encontramos para ayudarnos unos a otros a avanzar en este camino.

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