En el siglo XVII, los padres jesuitas que fueron enviados como misioneros a Sudamérica dieron origen al célebre fenómeno de las reducciones. Eran pequeños poblados que surgían en medio de la selva y que, con el paso del tiempo, se desarrollaban alrededor de una gran plaza situada frente a la iglesia. En los otros tres lados iban apareciendo las viviendas de los indígenas guaraníes, aulas para las escuelas y talleres donde se aprendían distintos oficios, además de otros espacios destinados al desarrollo de una vida bella, es decir, una vida ordenada por Dios y orientada hacia Él.
Al visitar aquellos lugares, sorprende la belleza de sus construcciones, hechas con piedras a menudo talladas con imágenes inspiradas en la naturaleza o en la Sagrada Escritura; sorprenden también la inteligencia con que fueron levantadas y el significado que transmiten.
Los padres misioneros invitaban a las distintas tribus a construir juntos aquellos lugares, para gloria de Dios y para el bien de las personas. Eran espacios en los que los guaraníes se sentían acogidos y protegidos de quienes pretendían esclavizarlos. En su pertenencia a la comunidad cristiana, en cambio, podían vivir una vida bella y libre.
Las distintas historias nacen de una única voz: la de Dios, que llama a cada uno a conocerle.
Las reducciones son una imagen sintética de la belleza de la Iglesia: un pueblo llamado por Dios a construir su Reino, en el que cada hombre, sostenido por los demás, aporta su contribución siguiendo un camino único y personal, y encuentra precisamente en este don de sí mismo la realización de su existencia.
Este es el significado de la palabra «vocación», el término que, como dijo don Giussani, define mejor que ningún otro la vida del hombre.
En estas páginas aparecen historias diferentes que, sin embargo, nacen de un mismo punto; o mejor, de una única voz: la de Dios, que llama a cada uno a conocerLe a través de numerosos encuentros, voces y acontecimientos que, con el tiempo, adquieren una forma estable, como el matrimonio o la virginidad consagrada.
Es cierto que en toda historia vocacional puede haber momentos de inestabilidad, de cansancio o incluso de incertidumbre. Pero estas situaciones pueden transformarse en momentos de gracia si nos dejamos ayudar y guiar para llegar a descubrir más profundamente la fidelidad de Dios. Es como encontrarse en medio de un mar agitado. Es necesario sumergirse más profundamente para recuperar la estabilidad que nos permite seguir nadando y avanzar.
La vocación nace siempre del atractivo que ejerce alguien sobre nosotros. El pasado 26 de abril, el papa León escribió que, en realidad, «es el Pastor quien fascina: quien lo mira descubre que la vida es verdaderamente bella si lo sigue». Tal vez al principio no seamos conscientes de ello, pero, con el tiempo, todo atractivo humano nos conduce −o debería conducirnos− a su origen divino, a Cristo, el Buen Pastor.
Toda vocación es, por tanto, un camino que nos conduce hacia Él, para «participar de su vida, compartir su misión, resplandecer con su misma belleza», como volvió a decir el Papa.
«Es el Pastor quien fascina: quien lo mira descubre que la vida es verdaderamente bella si lo sigue».
Cada vez me sucede con mayor frecuencia que me quedo profundamente asombrado ante el espectáculo de tantos jóvenes, familias y personas consagradas que entregan toda su vida a Cristo. En ellos se percibe verdaderamente una belleza de la que son solamente portadores, a veces sin saberlo. Es más, normalmente es así, porque si hay un rasgo que tienen en común todos los santos es precisamente que no se dan cuenta de que lo son.
Toda vocación es un don, tanto para quien la vive como para todos aquellos que participan de ella, porque cada hombre, al entregarse a Cristo, se entrega también a la Iglesia y contribuye a edificarla, viviendo su propia forma vocacional dentro de su historia personal y ofreciéndose a sí mismo.
Así, cada detalle de nuestros días puede vivirse como una «pro-vocación», como algo que nos permite añadir un ladrillo a la gran obra de Dios.
Como sucedía con los guaraníes, el Señor, al hacernos partícipes de su «cantera», reconduce −una palabra que en latín suena reducere, de donde procede el término reducciones− a la humanidad hacia sí. Lo hace rostro a rostro, de historia en historia, a través de un camino que llegará a su cumplimiento al final de los tiempos, cuando Dios sea todo en todos.