Desde hace unos seis meses, en nuestra casa somos casi el doble de gente. En septiembre, los Memores Domini [laicos que, aunque trabajan en el mundo como cualquier otra persona, eligen vivir juntos, en celibato y practicando los consejos evangélicos, ndr] comenzaron unas importantes obras de reforma en su casa de Ciudad de México y nos pidieron si podían vivir con nosotros mientras tanto. En octubre se mudaron con nosotros. Nosotros somos seis y ellos, tres: César, Daniele y René.
Al principio, nos preocupaba un poco que fuéramos tantos. Un temor que, en realidad, desapareció enseguida. Su presencia solo ha provocado un simpático revuelo en la comunidad de la parroquia. Algunas señoras mayores pensaron que eran otros sacerdotes. Entre un «Buenos días, padre Daniele» y un «Buenas tardes, padre César», los Memores intentaban explicarles cuál era su forma de vida. ¿Lo habrán entendido o habrán asentido antes de volver a casa todavía más desconcertadas? Solo Dios lo sabe.
Hay dos cosas que me llaman especialmente la atención de este tiempo que estamos compartiendo. La primera es la profunda unidad que existe entre nuestras dos vocaciones, aunque sean distintas. Casi todos los días nos reunimos para rezar Laudes y Vísperas en la pequeña capilla de la casa. Después de Completas, mantenemos un clima de silencio hasta la mañana siguiente.
A menudo conseguimos comer o cenar juntos y, después de cenar, nos sentamos en el sofá del salón para hablar de cómo ha ido el día, de la situación del país, de nuestro compromiso con el Movimiento o de lo que está sucediendo en el mundo y en la Iglesia. Todos somos hijos de don Giussani y, a pesar de nuestras diferencias, esta raíz común aparece continuamente.
Todos somos hijos de don Giussani y esta raíz común aparece continuamente.
Por otro lado, me llama la atención la riqueza que nace de las diferencias que nos caracterizan. Hace algún tiempo, Leonardo, un chico de Gioventù Studentesca, me llamó muy nervioso: «Tommaso, ¡tengo que matricularme en la universidad y no sé qué hacer!». «¿No tienes ninguna idea?». «Lo único que se me ha ocurrido es contabilidad, pero no sé muy bien en qué consiste. «¡Pues imagínate yo! Vamos a ver, ven a casa. César es contable; habla con él». César le propuso que se vieran un par de días después. Pasaron unas horas juntos, César respondió a todas sus preguntas y Leonardo aclaró sus dudas. La semana siguiente me llamó muy contento para decirme que se había matriculado en contabilidad.
Personalmente, también estoy muy agradecido por la presencia de Daniele Semprini. Nació en 1951, conoció personalmente a Giussani y formó parte del primer grupo de Memores. Yo conocí el Movimiento en 2005, pocos meses después de la muerte de Giussani. Para mí es una enorme riqueza escuchar las historias que cuenta Daniele: las contestaciones de 1968, los juicios de Giussani, las distintas etapas que atravesó el Movimiento en los años siguientes. De vez en cuando, cuando habla de sus encuentros personales con Giussani, se emociona.
En el libro Los orígenes de la pretensión cristiana, Giussani afirma que quienes compartieron la vida con Jesús pudieron comprender quién era Él. Creo que este tiempo prolongado de convivencia entre los sacerdotes de San Carlos y los Memores Domini −en el que comemos, rezamos y pasamos tiempo juntos− nos está ayudando a todos a crecer en la conciencia de la gran historia en la que Dios nos ha implicado y que nos llama a construir juntos.