Mis amigos de la Fraternidad San Carlos

Vivir bajo el mismo techo y descubrir que las vocaciones se sostienen mutuamente y que la misión es una sola. La vida en común contada desde la perspectiva de un Memor Domini.

BADIANI SEMPRINI
Una escena cotidiana del período de convivencia entre los Memores Domini y los sacerdotes de la Fraternidad San Carlos.

Cuando descubrí mi vocación, la primera forma en que la concebí fue la del sacerdocio, entre otras cosas porque no sabía nada de los Memores Domini, la asociación laical cuya vida en CL acababa de comenzar. En aquel momento, me imaginaba como párroco en una pequeña iglesia de las colinas cercanas a Rímini, tratando con la gente sencilla del campo. Lo que más me fascinaba era poder y tener que sumergirme en la vida cotidiana de las personas, compartiendo con ellas alegrías, penas, sufrimientos y problemas.

Había un aspecto de esta vocación que, al mismo tiempo, me atraía y me sobrecogía: poder ser llamado, en cualquier momento del día o de la noche, para administrar la unción de los enfermos a una persona moribunda. Los bautizos y los matrimonios forman parte de la vida ordinaria, pero la proximidad de la muerte es un momento completamente único y particular. Entrar en una casa para administrar el sacramento implica hacerse uno con la situación física y espiritual de quienes están perdiendo a un ser querido, además de la situación de la persona que está a punto de dar el paso decisivo de la existencia. Comprendía que esta identificación exigía despojarse por completo de uno mismo, de los propios sentimientos, de todo aquello que un instante antes estaba pensando o sintiendo. Por eso hablaba de fascinación y de sobrecogimiento: una tarea que roza los límites de lo humanamente posible. Siempre me ha molestado, hasta irritarme, ver que un sacerdote puede celebrar un funeral «por trabajo», limitándose a actitudes y palabras convencionales, sin una verdadera participación personal. Probablemente esto también tiene que ver con lo que yo deseé el día del funeral de mi hermano Alberto, que murió en un accidente a los veintidós años. Aquel día, mi amigo don Piergiorgio fue para mí y para mis seres queridos un gran consuelo.

Estar totalmente presentes ante el otro: un rasgo de nuestro carisma.

Ahora, después de tantos años de camino en el Movimiento y en los Memores, tengo mucho más claro lo que significa la vocación y la misión de un sacerdote. Se puede decir que un ministro de Cristo está llamado constantemente a ese despojamiento del que hablaba antes, con una disponibilidad radical para compartir la vida de las personas que le han sido confiadas, para ser signo de la presencia de Otro. Un despojamiento que reproduce en su propia carne la kénosis de Jesús, hasta convertirse en una ofrenda pura y total de sí mismo a la voluntad del Padre.

Cuando veo a mis amigos de la Fraternidad San Carlos, con quienes tengo la gracia de convivir durante unos meses, llamados a menudo y en los momentos más inesperados, mi admiración por esta obra de misericordia no deja de sorprenderme y crecer. Más que la cantidad de compromisos que tienen, me impresiona esta disponibilidad para responder a las peticiones de las personas, evidentemente sin descuidar las obligaciones ya establecidas. Me parece un modo precioso de hacerse uno con Cristo y con el apóstol san Pablo, que se hizo «todo para todos». Y comprendo que, sin los momentos de oración previstos por la regla de vida que se esfuerzan por vivir en la medida de lo posible, esta actitud sería imposible o acabaría convirtiéndose en una rutina profesional. Concluyo diciendo que, en esto y en otros aspectos, estos amigos de San Carlos son un testimonio y un ejemplo de caridad, de esa humanidad nueva de la que el Señor nos ha hecho partícipes. Al fin y al cabo, esta capacidad de estar totalmente presentes ante el otro me parece un rasgo de nuestro carisma que coincidía con la propia persona de Giussani. Quien tuvo la gracia de poder hablar con él cara a cara experimentaba la clara sensación de ser único en aquel momento, como si él estuviera completamente para ti, al menos durante el tiempo en que podías disfrutar de su hospitalidad humana.

Contenido relacionado

Ver todo
  • Testimonios

Nueve bajo un mismo techo

Oración en común y una mesa compartida. En Ciudad de México, sacerdotes y Memores Domini redescubren el origen que los une.

  • Tommaso Badiani
Leer
  • Testimonios

Conquistado por una mirada preciosa

Una entrevista a don Sandro Bonicalzi: desde su encuentro con Giussani, un impulso que no se agota, ni siquiera después de 50 años de sacerdocio.

  • Redazione
Leer
  • Meditaciones

El camino que conduce a Él

Estamos llamados a construir en la cantera de Dios, siguiendo al Pastor, como en las reducciones jesuíticas.

  • Donato Contuzzi
Leer